
Barrabasadas
Veo noticias que ponen en solfa la violencia de género, el aborto, los derechos sociales, los derechos de las mujeres, y digo con el expresidente de Cantabria:
Es importantísimo tener buenas costumbres y plantearse la felicidad como algo que no tiene que ser necesariamente caro.
Hacer algo por los demás es tremendamente gratificante. Sentirse querido es maravilloso. Dejar a los hijos la imagen de unos padres reconocidos como buenas personas es la mejor herencia. Mis padres no me dejaron nada material, me dieron cariño, unos valores y aquellas quinientas pesetas al mes que me permitieron estudiar una carrera. Mi gratitud es inmensa.
Veo la noticia referida a las nuevas señalizaciones en las carreteras, y recuerdo este otro pasaje del libro “Nadie es más que nadie” de Miguel Ángel Revilla.
Uno de mis mejores amigos en aquellos años, compañero de pupitre en los Salesianos, me llama una mañana y me dice:
“Nos ha invitado a comer F.R., que es un tío fantástico, y luego jugamos al tute…cuando estábamos en el café y la copa, mi amigo dice:- Mira, Revilla, de la aprobación de estos presupuestos depende que este amigo gane mucho dinero en un contrato de señalizaciones de obras que le tienen prometido. Tú no tienes que hacer ningún pacto. Basta con que aprobéis los presupuestos y este hombre, que es muy generoso, pone cien millones de pesetas donde tú me digas. Yo me encargo de ello.
Yo no daba crédito. Sin acabar el café, ni haber comenzado la copa, me levanté. Sin crispación, lanzando una risotada, le pegué un cachete con la palma de la mano en su amplia calva y le dije:
- Jamás vuelvas a dirigirte a mí.
Y abandoné la mesa.
Salí pitando, pero a los pocos metros me alcanzó “mi amigo” en su coche y me dijo indignado: “¡Tú eres tonto!”. Me insultaba a gritos, lo cual me hizo pensar que tanto interés por su parte no era debido únicamente a que quisiera tener un amigo millonario. Abrí la puerta del coche y me despedí con un portazo. Jamás he vuelto a saludarle.
Y cierro diciendo que los hijos de los padres, que son asesinados por los de las madres que obran como pájaras cucas, me recuerdan unas palabras de Oscar Sipán en su libro, Pólvora mojada, capítulo Dignidad:
Un juzgado italiano valora la muerte de un niño en 86.400 pesetas, alegando que iba a ser campesino. Desolador.
Terrible. Y yo me pregunto: ¿Cuánto vale el hijo del señor juez? La justicia humana es cruel y fallida y la divina no existe; por lo tanto no hay justicia. El mundo se pudre como un zapato ortopédico en el fondo del mar. Y nadie hace nada porque tenemos la conciencia blindada y portamos en los genes el terrible virus de la resignación y el olvido: lo que tenga que pasar que pase pronto. Y que no nos salpique.
¿Cuánto vale el hijo de un padre? Y lo que es más, ¿por qué en vez de recibir un importe por su perdida, les toca pagar “ad infinitum” a quienes les han privado de él, y han colocado en su cuerpo a su peor enemigo?
