Opiniones

Gonzalo Villa

Ni una miaja me queda, hija

Corren tiempos en que trabajar dignifica, como siempre, pero ahora es más notorio, ya que el deterioro de las costumbres, debido al desempleo o el empleo precario, y esos más de 1.760.000 hogares en los que ninguno de sus miembros tiene ingresos, arroja elevadas tasas de delitos, que quienes no los quieren entre su gente, encauzan subrepticiamente. Que se maten entre ellos.

Simplemente no hay que presentarlos como delitos, sino como derechos. Instalarlos en el sentido común, de quienes los lleven a cabo, de modo que nunca progresen adecuadamente, como para que dejen de pensar, y obrar, como se espera, salvaguardando los privilegios ajenos, que ni atisban. Y a ser posible que se perpetúen los lacayos, en sus cunas, como las señoritas en las suyas. Ay, el nepotismo, cada cual en su casta, a esto hemos llegado. Y no te metas en más.

Si tu madre quería que estudiases para aspirar a una vida mejor, ganada con esfuerzo, mérito y capacidad, y lo lograste, pronto otra madre se encargó de conducir a tus hijos a una vida peor que la que le llenó de sacrificios y padecimientos a ella, más que nada porque allí, ni siquiera se aspira a ser mejor persona, ni a ir reduciendo todos los males, hijos de la ignorancia empecinada.

Reivindicar estos días, a la madre, como quien cuida y guía a los menores hasta la madurez, como quien les aporta y prepara para su autonomía, como quien con un comportamiento ejemplar, se convierte en madre de todos los guiados por las enseñanzas que equilibran la personalidad y armonizan las relaciones con los demás.

Esta madre no tiene género, no tiene atributos sexuales diferenciados, no tiene privilegios que conlleven discriminación, no tiene maldad.

“En el ámbito financiero se considera que el capital humano es, en pocas palabras, el precio de una persona: su valor monetario en base a parámetros como expectativa de vida, aptitudes, talento, conocimientos, calidad y cantidad de relaciones, experiencias acumuladas y eventuales rentas, que determinan en parte su capacidad para trabajar o producir, para sí mismo o para otro”...

Hija, mira, he encontrado algo para ti, cuando menos lo esperaba, cuando tu ausencia apenas era la constancia de tu presencia. Cuando necesitaba recordar, echarte de menos, te has hecho muy presente. Te lo ofrezco. Bendita seas por siempre.

Con Ángel Guinda te muestro mis raíces, que se hunden en el suelo más de dos metros, y que habrán de permitirte alcanzar las altas torres, como la rama que al tronco sale.

Esta madre que te quiere. Que trabaja. Que quiere seguir trabajando. Esta madre que sigue reuniendo méritos para guiarte hasta que seas independiente, para socorrerte si fuera preciso y ayudarte en tus empeños más nobles. Para que seas una de las nuestras.

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