
Renacimiento
El tiempo de las divorciadas recalcitrantes ya pasó. Esta es la señal del cambio, a mejor.
Pasó la inquisición, de personajes que no completaban estudios, y formulaban acusaciones de herejía, trasladando la carga de la prueba al acusado. Y ya sabemos lo que ocurría, se les pasaba a ver los instrumentos (de tortura) y si los mataban estaban en gracia de dios, y si confesaban lo que se quería que atestiguasen, igualmente se les introducía en algún callejón sin salida, toda vez que si el origen del proceso era apropiarse de tierras, o lo que fuera apropiable, en ello habría de acabar.
En los procesos de divorcio, pasaba lo mismo. Una jauría de mentes obtusas, adorando a leyes absurdas (o lo que sea que les permita cometer las atrocidades, que bien pareciera que el demonio dirige las cosas de sus vidas), en vez de primar la presunción de inocencia del acusado (lo que obliga a probar el contenido de la acusación a quien la formula, y paso necesario para salir del infierno de cobardes sanguinarios que la historia había mostrado meridianamente), presuponía la culpabilidad. Algo habrá hecho –farfullaban las brujas y los hechiceros-. Menuda encerrona. Y ni probando la falsedad de la denuncia se libraba de los instrumentos (de saqueo y acoso), que como entonces, conducían a la muerte de los encausados, de una de las muchas maneras posibles, incluida la que supone la pérdida de las constantes vitales. Y coros enteros de lacayos sanguinarios contemplan los hechos, aplaudiendo a los “Bernardo Hui” de turno. Que hay que ver como se regeneran, siendo como son estériles o yermas, la fuerza de ellos.
En Pakistán una mujer embarazada, ha sido dilapidada hasta matarla, por su padre, hermanos y su prometido, por enamorarse de otro. El hecho cierto es que de no intervenir, es más que probable que hubiera robado los hijos del padre, le habría sacado todo el dinero, habría contribuido de manera significativa al deterioro de la vida de él y de los hijos, incluido la perdida de trabajo y el proceloso camino hacia la perdición, eso sí, ¡por amor!, tal y como ella lo entendiera, al igual que Judas. Y a más a más, hasta se habría presentado encabezando un lista electoral, alardeando de arrastrar tras de sí, a toda la inquisición que en su entorno fuera.
Pero eso no pasó. Ya estamos hartas de que nos azucen en contra de nuestros maridos. De ver a nuestros hijos embrutecidos, sin la capacidad de sacarse unos estudios básicos, incluidos los universitarios, si medios económicos hubiere, y de vernos a nosotras mismas asesinando acompañadas de nuestras hijas castradas, alardeando de lo que cuadre, embadurnadas de babas de amantes, igualmente salidos de las cloacas del reino de las tinieblas.
Es posible que lleguen los oficios a los pueblos, de la mano de curas casados, incluso de monjas oficiantes casadas, y con todos ellos unas costumbres “de puta madre”.
Pero lo que ya es sabido, es que como quien nos represente sea una divorciada, volverán la Inquisición, la peste negra, el nazismo, los genocidios, los niños robados, y toda suerte de calamidades, porque estas no vienen por nuestro bien, vienen por nuestros bienes. Y les gastan y no invierten. No redistribuyen. Y si agotan los recursos, buscan otra fuente, por el sistema de meneo de la braga. No contribuyen a la evolución. Nos llevan a la ruina, a la oscura edad media. Con ellas y los que con ellas van, sin renacimiento posible.
Se me revolvían las tripas viendo ir a Alfredo hacia el degolladero, mientras la que se ha ido llevando a los hijos por las bravas, espetando eso de que se sentirían más hermanos llevando de primer apellido el de ella (que los va arrastrando en una cadena de divorcios falsarios hasta la menopausia, eso si no se dedica a adoptar, cargando con los gastos a los padres putativos), se marcaba la media vuelta, con mueca de –ahí te quedas, que yo sigo-, para ir al escaño europeo, quien sabe con qué aviesas intenciones, desde luego no con las de socializar lo que excede de lo que se merece.
