
La máquina del dinero Cuántas veces hemos oído que habiendo dinero, la economía marcha, esto es, que incluso se puede elegir entre varios empleos, que puedes meterte en un piso (comprarlo con su correspondiente hipoteca, a la que sin duda se hará frente), en fin cobrar y gastar como lo hacen todos los demás, iguales a nosotros, pues ese dinero que fluye, tal y como lo hace, nos ofrece un nivel de vida, mejor que el que tuvimos antes. Que si aumenta el paro es porque no hay dinero.
Y no es extraño, que muchos piensen, que con la máquina de hacer dinero se solucionaría todo. Y que todo tiene un precio, en dinero.
Pero lo cierto es que el dinero, ese dinero indiferenciado (aparentemente, pues los billetes son todos distintos debido a su número de serie), no puede hacerse sin control. A lo que hacen con el dinero, las autoridades que tienen encomendada su fabricación y puesta en circulación, se les llaman políticas monetarias. Y se supone que tienen una influencia inequívoca en el comportamiento de la población. A más dinero, se compraría lo que antes no se compraba, o se invertiría en lo que antes desaconsejaba cualquier estudio de viabilidad. Alegría. Pero hasta si viniera el salvador de la humanidad, no faltarían oportunistas, ventajistas, resentidos y toda suerte de antagonistas dispuestas a sembrar la discordia, la desavenencia, el caos, y los ríos revueltos de los que sacar tajada, más tajada de la que les tocaría, aunque fuera el doble de la que venían disfrutando hasta entonces.
Claro que se olvida que el que vende, se verá obligado a subir el precio de sus cosas (si es que ese dinero de más no responde a una economía real y no especulativa, cuando no a saqueos de enteradillos) y más pronto que tarde, si los precios suben, se produce un acomodo, en el que se pierde mucho en poco tiempo, que se tarda muchísimo en recuperar.
Como sucedía con los fondos de inversión en renta variable, o sea que podías perder gran parte de lo que invertías de un día para otro. De este modo si ponías 100, y te rentaba un 7%, en un año ganabas 7, pero los frecuentes reveses, hacían que cuando perdías 37, aunque luego volvieras a recibir un 7%, ya no eran 7 euros de intereses, sino 4,9 (7% de 70), y que sumados a lo que tenías era 74,9, lejos de los 100 que pusiste.
Todo esto en manos de gentes que miraban por los beneficios de los accionistas, más que por el de los impositores, y que aunque se presentaban como tu banco confiable, incluso hasta amigo, ya hace 20 años, pagaban a sus empleados por objetivos, empleados con una educación no demasiado esmerada, cuando no salidos de la más absoluta escuela de la calle, en la que el pillaje y la apropiación indebida, conquistan como Julieta a Romeo, o quizá como Bonnie a Clyde. Con lo que no era extraño, que empezaran a tener ocurrencias, en las que los objetivos del banco, dejaban resquicios para los negocios sucios y los ingresos extra salariales, que de vez en cuando desembocaban en algún despido puntual, de quien no veía la raya, cegado por la codicia y una soberbia con demasiados desconocimientos, lo cual no disuadía al resto de seguir indagando sobre la premisa “¿de cuánto estamos hablando?”
Y ahora, ya ves, los bancos no prestan a las administraciones públicas, eso dicen los políticos que piden dinero sin dar explicaciones, hasta los que han hecho bandera de renegar del Estado. No me digas que no es paradójico, por lo menos.
A veces pienso que las cartillas de racionamiento no estaban tan mal. Que el dinero debería tener más marcas, para diferenciar el destinado a la cobertura de necesidades básicas para la supervivencia, del destinado a otros fines. Que no se deben aceptar pluses por arruinar a terceros, que no tienen más de lo que les corresponde en justa contraprestación. Que el dinero no debe utilizarse cuando el trueque es posible. Y que hay que saber de dónde viene el dinero, con chips de trazabilidad como las carnes.
Y las gentes en vez de aprender a tener algo que construir, aprenden a justificarse en destruir. Pues digo yo, la mayoría nos pasamos la vida para comer y pagar una casa, si la salud te acompaña y puedes ir al trabajo sin necesidad de coche propio, y de vacaciones en tren o en avión. Y los campos abandonados y cantidad de casas deshabitadas, muchas de ellas avocadas a la ruina.
¿Pues no se puede dedicar esa gente a cultivar los campos y rehabilitar viviendas, cuando no construirlas? Y de ahí a dinamizar industrias auxiliares, de maquinaria, veterinarios, técnicos agrícolas y ganaderos, fábricas de materiales de construcción, que si me apuras bien podrían ser canteros, si escasean otras materias primas, etc.
Lo que me lleva a tomar conciencia de que, cuando todo está por hacer, las gentes se hacen más nobles y disfrutan más de la vida, trabajando y contribuyendo a levantar el país.
Y que el dinero se sustituya por la costumbre de conocer lo repartible, y por ello lo que corresponde a cada cual, que ya sabemos el cuento de la lechera y el del rey Midas.
