Opiniones

Gonzalo Villa

Peter Pan

Peter Pan es el símbolo de la eterna niñez. ¡Qué romántico, encantador y enternecedor! Si estamos mirando a los niños que juegan y van logrando aventajar a los animales, sin apenas darse cuenta. Dependiendo de los estímulos y aprendizajes que se les faciliten.

Pero también es el nombre elegido para caracterizar la falta de madurez, de evolución, de progreso.

¡Anda a tomar por el culo, niño! Es la frase que mejor diagnostica el síndrome de Peter Pan. Cuando vemos que se perpetúan comportamientos que tenían que haber quedado en el pasado muchos años atrás.

Escucho a parejas de octogenarios, lo que atesoran en su memoria, y que ha desembocado en una vida en común, que efectivamente solo separará la muerte, que ni los médicos pueden evitar.

Festejar, como dicen en ocho apellidos vascos, durante semanas, para lograr el teléfono. No consumar el primer día que yacen en la cama. Que él haga algo extraordinario. Que ella haga algo extraordinario, en pos de no separarse.

Se pasan varias etapas, pero en todas ellas hay empeños comunes indisociables. Hay que lograr una casa para ellos, o al menos una parte de ella, en la que tener una mínima intimidad. Reunir lo necesario para el convite y la boda. Construir la propia vivienda. Acoger a los hijos que vengan, fruto de la natural sexualidad. Educarlos. Conseguir los medios para que su formación escolar sea completa. Tratar de pagar todas las deudas, lo que dura decenas de años en algunos casos. Y darse algún capricho, si los tiempos lo permiten.

Y siempre con la idea fija de que los hijos tengan un porvenir en el que se alivien las fatigas que han pasado los padres, y se logre una mejora de posición social, fruto de la valía.

Siendo así, la convivencia deja algunos logros, algunas fricciones. Lo natural en estos casos, pues cualquiera de ellos no atenta contra la indisolubilidad del matrimonio, al contrario lo refuerza.Pues la acumulación de esfuerzos, sacrificios y cooperación, durante años, muchos años, cada vez más años, no deja resquicios para que cualquier otra persona pudiera borrar el pasado, y ofrecer el acomodo que esos años han fraguado.

Por eso el divorcio que se vende como antídoto, es el veneno que sume en el síndrome de Peter Pan, en la inmadurez, y lo que es peor, en la degeneración, pues a la inocencia de la infancia es imposible regresar. El tiempo siempre deja huella, no el vacío.

Aquella píldora que os dan, que cantaba Mary Poppins, y que mostraba las bondades de la educación que pule los caprichos, y va supliendo los mimos, por las necesarias herramientas para convivir en paz en familia y en sociedad, es la que erradica la inmadurez, el gusto por la ignorancia, la sumisión a cambio de migajas, que parecen tesoros, y todo lo que supone entregarse a la pereza, y a sus funestas consecuencias, por mucho que haya quienes se diviertan con ello, y hasta lo consideren necesario para proteger sus intereses, necesariamente por ello, espurios.

La madurez está en seguir construyendo desde la experiencia y la buena fe, no desde consentir las pataletas de niñas malcriadas en la holgazanería y el parasitismo, acostumbrándoles a recibir sin contraprestación o creer que tal contraprestación es desnudar su cuerpo, para colgar joyas o lo que fuere, mientras que el desnudo ajeno no es igual. Lo de las labores del hogar lo vamos a dejar, que todos hemos aprendido a valernos. Y, ¡anda a tomar por el culo, Peter Pan! Que hace mucho que aquí ya nació el último ser querido.

Compartir

Otros artículos de opinión

Image