Manuela, como es natural, regía el destino de sus hijas. Evidentemente se entregó a quién más le diera, después de abandonar a siete u ocho pretendientes, que no pudieron perpetuar ingresos (aun a su pesar), incluido el padre de las criaturas.
Años atrás había perdido a dos hijos, en un parque, pero como encontró otros dos, no denunció la desaparición. Ese mismo día, a un padre le secuestraron a sus hijos. Le metieron en la cárcel. Y su esposa le denunció, por lo primero que le vino a la cabeza, de entre tantas opciones que están en los medios rosas constantemente. Y le hicieron caso. Y hubo un despliegue de medios enormes, por parte de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, aparte de la movilización popular, ávida de linchamientos vaqueros.
Mientras tanto, en un cortijo se celebraba una fiesta de cumpleaños, en la que la algarabía infantil, llenaba de lágrimas los ojos de una mujer estéril. Se acercó a un televisor y se vio en una retransmisión en directo, desde un lugar a cientos de kilómetros.
Eran tres mujeres muy parecidas, tanto como para que no las distinguieran los niños de dos y seis años, además de que estaban acostumbrados a no ver ni tratar con sus padres. Todas desgraciaron a sus maridos. Inculcaron sus apabullantes desconocimientos y tabarras, a los inocentes que atraparon. Y buscaron a quienes sacaran partido de callar y participar en tan ignominiosos actos, incluidas notables yermas y cabestros.
A menudo alardeaban de escachar cabezas de responsables padres de hijas que nacieron o de las que pudieran venir, desde despachos, salas o colocaciones, por lo general, logrando la complicidad de gente que hace nada se bajaron de los árboles, en los que no florecen las ciencias ni las letras.
En una de sus inagotables fantochadas, una de ellas espetó aquello de que se sabe quién es la madre, y el padre se supone. Se cayó a un pozo y se ahogó. Las otras curiosamente fallecieron en sendos atracones.
Mientras en una Fundación se otorgaban cuatro becas a las huérfanas para cursar estudios en los Estados Unidos de Norteamérica, bajo la supervisión y seguimiento de dos profesores, muy especiales. El cuñado de un exconvicto y un aprendiz aventajado de un padre asesinado por serlo.
Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, pero ella funcionaria y él recientemente en el paro, y ella entregándose a la separación. Válgame Dios.
