Los españoles nos disponemos una vez más, con entusiasmo y esperanza, a elegir un nuevo sistema político basado en la democracia, buscando conciliar muchas sensibilidades, poniendo grandes dosis de tolerancia y, sobre todo, una férrea voluntad para facilitar una evolución política, que sin provocar una abrupta ruptura, dé paso a una situación socioeconómica completamente diferente a la anterior. De modo que se obre el milagro de cambiar todo sin romper nada.
Superar esta época de gran convulsión política y social, en la que la sociedad vive a sobresaltos entre rescates a naciones enteras, crisis financieras, tasas de desempleo superiores al 20%, cuando la media de la euro zona es del 10%, millón y medio de hogares sin ingresos, desprecio por los derechos y libertades fundamentales, reconocidos internacionalmente antaño, cuando eran vividos con naturalidad y orgullo.
Por contra, desde el cinismo pulcro y sereno de Andreas Corelli, en “el juego del ángel de Carlos Ruiz Zafón” oiríamos:
No nos puede bastar con que las personas crean. Han de creer lo que queremos que crean. Y no lo han de cuestionar, ni escuchar la voz de quien sea que lo cuestione. Quien lo haga es nuestro enemigo. Es el mal. Y estamos en nuestro derecho, y deber, de enfrentarnos a él y destruirle. Es el único camino de salvación. Creer para sobrevivir.
La mayoría de nosotros, nos demos cuenta o no, nos definimos por oposición a algo o alguien, más que a favor de algo o alguien. Es más fácil reaccionar que accionar. Nada aviva la fe y el celo del converso, como un buen antagonista. Cuanto más inverosímil, mejor.
Una de las funciones de nuestro villano debe ser permitirnos adoptar el papel de víctima, y reclamar nuestra superioridad moral. Proyectaremos en él todo lo que somos incapaces de reconocer, por nuestra vileza, en nosotros mismos. Y le demonizaremos de acuerdo con nuestros bajos intereses particulares. Es la aritmética básica del fariseísmo.
Basta convencer al entregado al inframundo, de que está libre de todo pecado, para que empiece a tirar piedras, u arma arrojadiza, con entusiasmo. Y de hecho no hace falta gran esfuerzo, porque se convence, solo con apenas un mínimo de ánimo y coartada. No se si me explico.
Al converso llegaremos apelando a su frustración. A medida que avanza la vida y se tiene que renunciar a las ilusiones, a los sueños y a los deseos de la juventud, crece la sensación de ser víctima del mundo y de los demás. Siempre encontraremos a alguien culpable de nuestro infortunio o fracaso, a alguien a quien queremos excluir. Abrazar una doctrina que positivice ese rencor y ese victimismo reconforta y da fuerzas a adeptos e inmisericordes por doquier.
Vayan ustedes a votar este 20 de Noviembre. Y luego léanse El prisionero del Cielo, de Carlos Ruiz Zafón, que acaba de salir.
