
Los refugiados no son biodegradables
Hemos asistido impávidos a los conflictos de nuestros vecinos al otro lado del Mediterráneo. Las operaciones antisépticas llevadas a cabo por nuestros ejércitos en Irak, Afganistán, Libia o Siria, parecían fuegos artificiales de película de guerra …Nos vendieron una película que compramos alegremente porque, si no, los sadams, gadafis y demás villanos del imperio del mal nos iban a freir con sus armas químicas. Pero nadie nos había explicado que el producto tenía efectos secundarios. Cuando a la población civil se le ha puesto entre la espada y la pared, cuando no tienen nada que perder, sólo la vida, cuando su única esperanza es huir con sus familias y lo puesto de la barbarie y la sinrazón, entonces resulta que montan en artilugios de juguete y la gran masa salada los hace desaparecer en la inmensidad marina, a no ser que tengan la suerte de llegar a Lampedusa. La semana pasada vimos apesadumbrados que un niño refugiado, su hermano y su madre, no eran biodegradables y nos los había devuelto el mar. No habían desaparecido. Gente como nosotros, un padre y una familia cuyo pecado era haber nacido en el lugar equivocado, penetraban en nuestras conciencias como si de repente nos diéramos cuenta de que había personas que se estaban muriendo y ahogando de verdad. Que no era ninguna película.
Así que, si después de las fiestas, las vacaciones veraniegas y nuestro silencio cómplice, nos queda algo de humanidad, toca arremangarse. Hay que mojarse y hacer algo para que esa foto que se ha colado en nuestros hogares y nuestras conciencias no se vuelva a repetir nunca más. Y que estas personas puedan tener algo de esperanza y de futuro entre nosotros.
