Opiniones

Ignacio Belanche

R.R.

Son las siglas de una persona a la que conocí hace un mes en una cama hospitalaria.  Alguien que daría de sí para escribir una novela, porque su vida da como mínimo para guión cinematográfico de Santiago Segura.

Lo que me impactó de este señor de tez morena y cabello negro rizado, es que la línea entre una vida como la suya y  la de la mayoría de la gente, rodeado de tu familia, luchando en tu trabajo o por conseguirlo, con un techo que te ofrece protección, una cama y un plato caliente que llevarte a la boca, esa línea es en su caso tan fina que desapareció hace mucho tiempo en el horizonte que vislumbra deambulando por esas carreteras de la madre patria.

Me hizo pensar en esa parte de conciudadanos que son ahora mismo unos desheredados, de derechos, quizás también de obligaciones.  Y cómo una persona con una existencia normal se ve de la noche a la mañana en la calle sin mayor protección que la bandera y la camiseta de su equipo de fútbol al que profesaba veneración religiosa.  La única bandera y tabla de salvación a la que agarrarse en un país que parece le haya dado la espalda.  A veces el fútbol también ejerce de salvavidas de los desesperados.

También en nuestro entorno conocemos a personas a quienes un golpe de mala suerte, de mala salud, de pérdida del trabajo, de su estabilidad familiar o de todo a la vez, los ha dejado en el arcén de este estado de bienestar que nos dicen que se está recuperando.

Quizás ellos sean ese iceberg que se ha desprendido del casquete polar para nunca volver.  El claro exponente de la pobreza económica, pero también de nuestra propia pobreza moral y social, que nos deja esta crisis maldita que ha arrastrado viviendas, ahorros, capitales y personas con nombre y apellidos.  Como R.R. y como tantos otros, anónimos o no,  a quienes hoy quiero poner cara y rostro.  A quienes no debemos abandonar a su suerte porque parte de su fracaso es el nuestro también.

Salud compañeros.

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