
Fracasar mejor
Una de los más felices acontecimientos que me ha ofrecido este recién estrenado 2014 es que haya caído en mis manos el libro “Fracasar mejor”, de Jorge Riechmann (Olifante, 2013) La aparente paradoja del título llamó mi atención de inmediato, y, animada por el subtítulo: “Fragmentos, interrogantes, notas, protopoemas y reflexiones”, me lancé rápidamente al abordaje.
“Fracasar mejor, aconsejaba Samuel Beckett; no tienes la menor oportunidad, pero aprovéchala”. Fin de la cita. Riechmann recoge el consejo y nos lo lanza con la ironía lúcida y amarga del poeta que huye del lugar común del amor y otras sandeces, y se sitúa frente a la realidad que le toca transitar, expresando una sólida opinión acerca de la encrucijada histórica que abre sus fauces ante la sociedad, como un abismo.
Y no digo más sobre el poemario, porque sólo he llegado hasta la página tres. Pero qué título: fracasar mejor. Me inquieta.
Y creo -sigo creyendo- que la palabra poética tiene esa capacidad osada y contundente de significar; esa inagotable vocación de reflexión; esa implacable invitación a leer el mundo de una manera diferente, y a cuestionar, sin temor, lo establecido. Entonces caigo en la cuenta de que “fracasar mejor” ha sido desde hace unos cuantos años el empeño, la aspiración, el norte y el anhelo de los ilustres señores que dirigen nuestra suerte. Todo su esfuerzo, perseverancia, su firmeza y abnegada vocación por la cosa pública no tiene (no ha tenido) otra finalidad que impulsarnos (con cierta urgencia, todo hay que decirlo), a fracasar mejor.
Mientras la educación se desmantela entre siempre novedosas y prometedoras leyes, mientras que los que han logrado sacar una carrera deben marcharse del país para poder trabajar, y se promueve con notable eficacia el analfabetismo entre las nuevas generaciones, estamos ante la evidencia: hay que garantizar, y con todas las garantías, que se fracase mejor. Fracasar con todo el peso de la excelencia.
Cuando las libertades y derechos se van cercenando, nos queda siempre la gratísima certeza de que el fracaso de la sociedad será inmejorable. Cuando la corrupción avanza en amoroso maridaje con la impunidad entre las palaciegas moradas de los nobles (cuya legitimidad es incuestionable), y la casta política (tan mal pagados, ellos), nosotros, los de abajo, en medio del más letal ahogo económico y la cancelación de todas nuestras esperanzas, nos felicitamos por fracasar mejor, para que ellos no pierdan ni un ápice de sus prerrogativas.
Ellos, los excelentísimos, los que inventan significados nuevos para rebautizar la palabra “justicia”, que ignoran -por antigualla inútil- la palabra “cultura”, que desprecian y pisotean algo que antes se llamaba “dignidad”, pero bendicen fervientemente nuestra vocación sumisa, nuestra docilidad para fracasar mejor.
Lástima de mundo.
