Opiniones

Inés Ramón

¿Hablamos de amor?

Desde hace algunos años sostengo un contundente escepticismo hacia el bueno de San Valentín y sus cursilerías.

Aunque en estos días los escaparates  se vean muy seductores  y las frases publicitarias inviten a creer por un día en el amor (y a consumir, por supuesto, lo necesario para su celebración), yo me niego, sigo negándome a la feliz ingenuidad de creer que el ser humano sea capaz de amar a algo fuera de sí mismo. Mientras sepa que los ayuntamientos multan a quienes buscan alimentos en la basura, (y haya gente que duerma a la intemperie, y rebusque en la basura para subsistir); mientras vea a  la Guardia Civil disparando a un grupo de inmigrantes que intentan alcanzar la costa; mientras sea el plato de cada día la injusticia con todos sus depravados rostros; mientras se ejerza de forma oficial y sistemática la violencia hacia el otro, no puedo. Y ya querría.  (Y lo siento por los  enamorados, que haberlos, haylos)

Pero no soporto la manipulación mediática, ni la hipocresía. Y no puedo tolerar los eufemismos que disfrazan la brutalidad de quienes detentan el poder. Porque aquellos que pretenden multar a los indigentes esgrimen un motivo escalofriante: lo hacen por “higiene”. Aunque el español es un idioma inmensamente rico en matices, y la capacidad polisémica de las palabras me fascina continuamente, nunca podría vincular una palabra que posee  una innegable connotación positiva, como la higiene, a actos tan aberrantes como la violencia ejercida desde la legalidad. Creo que aquellos que disparaban a los inmigrantes, y asistían impasibles a su muerte,  a pocos metros de la playa, también considerarían que la “limpieza” justifica lo injustificable.

Ya sé que San Valentín no tiene ninguna culpa. Pero me pregunto cómo podemos  hablar tan livianamente del amor, mientras que, delante de nuestras narices, el genocidio sucede, continúa sucediendo, de otras muchas maneras.

 

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