Opiniones

Jaime Gracia

1972, sin duda una de las mejores cosechas (18ª parte)

Bueno, bueno, bueno, a partir de este capítulo si se me empiezan a agolpar los recuerdos, las emociones, las anécdotas, ufff, a ver si soy capaz de encontrar un pequeño orden entre todo lo que viene a partir de ahora, porque con 11 años, uno era ya un hombrecito y sé que hay muchos amigos, especialmente pendientes de estos capítulos, ya que marcaron una gran etapa de nuestras vidas.

Urbanización Santa María, este fue el destino elegido por mis padres para vivir, algo que mi hermano y yo, les agradecemos eternamente, porque a pesar de ser reticentes a  mover del piso de la Avenida, a la semana se nos habían pasado todos los males. Que me perdonen el resto de barrios del mundo, pero este fue el mejor sin duda, con permiso del de “la Balsa” de Caspe, por supuesto. En los siguientes capítulos entenderéis porqué.

Antes de llegar, yo creo que no había bajado la Ronda de Belchite en mi vida, sólo conocía alguna calle del casco viejo, como la Panfranco o La Higuera, porque iba a jugar al Scalextric o al Monopoly, a casa de amigos. Al ser tan pequeño, lógicamente tu vida diaria, se acotaba a tu zona, Avenida arriba, abajo, Galán Bergua, recorrido de las nacionales y poco más. Quién me iba a decir que bajando por el Cine Roch, antes del convento de las Dominicas, a la derecha, me iba a encontrar un barrio con 6 coquetos bloques, iguales, grandiosos, y diferentes a las típicas construcciones hasta entonces existentes y que este se iba a convertir en un parque de atracciones permanente y gratuito, para no sólo los niños del barrio, sino prácticamente para todo el pueblo.

La calle principal estaba hormigonada sólo en sus dos terceras partes, el resto aún quedaba en tierras. Al final de la misma, todo eran huertos y tras unos cipreses, el Instituto. A la derecha, la malograda “selveta”. La llamábamos así porque era una senda de tierra, con tanta vegetación, que en verano era incluso complicado atravesarla. Este camino era el acceso peatonal a las escaleras del instituto y al “Carro”. Los niños lo utilizábamos para ir a las “nacionales” en procesión. Aparte de sortear ratas, que sufrían de gigantismo, provenientes de una acequia que de vez en cuando soltaba livianos y restos de bichos, con un olor nauseabundo, teníamos que eludir muros de todos los campos que atravesábamos, ya que desde la urbanización, no tocábamos asfalto hasta llegar al colegio. Del “Carro” hasta Transportes Ramón, campos.

Luego por debajo de la Galán Bergua, hasta cruzar por detrás de las gradas del campo de fútbol, más campos. Los días de lluvia eran durillos, sobre todo para los de la limpieza del cole, ¡como nos poníamos! Luego existía otra senda más despejada, que le llamábamos “Los Cantonetes”. Por allí “La Flora” cultivaba sus turmas, y confluía en el antiguo matadero, donde tras un muro de piedra, emergía una camuflada y encantadora fuente. Cómo ha cambiado todo en 30 años, mucho, da vértigo.

Vivimos en el Bloque 1, el primero que se construyó, aunque cuando llegamos nosotros ya había por lo menos cuatro terminados, y dos en construcción. El único “pero” al barrio, es que al ser una urbanización, nos habían contado que una zona estaba reservada para construir una zona de juegos, con pistas para deporte y demás, que al final acabó siendo el Bloque 7; qué raro.

Enseguida me llamó la atención del piso, el balcón. No teníamos vecinos enfrente, todo era naturaleza, se veía hasta la loma de Santa Bárbara, ni un ruido, fabuloso. Otra cosa curiosa era el telefonillo para abrir la puerta, podías saber de antemano quién te venia a visitar y abrirle automáticamente, algo inaudito hasta entonces; de hecho, en casa de mis abuelos aún llamábamos con el picaporte y salían al balcón a ver quién tocaba. Las bromas haciéndote pasar por otra persona o las escuchas, estaban a la orden del día. El otro “teléfono”, no tenía la rosca para marcar el número y dar la vuelta con el dedo y no estaba en el aparador ¿os acordáis? Ahora ya se pulsaban directamente los números marcados en unas teclas, con el aparato colgado en la pared. Eso sí, aún habría que esperar unos añitos para los contestadores automáticos.

Je, je, aunque la expresión “tira de la cadena”, la seguimos utilizando hoy en día, la verdad que la cadena se quedo en la Avenida, aquí los inodoros tenían pulsadores, como los de ahora, vamos. El gas, pues ya no tenía que subir el butanero, era raro ver la cocina sin bombona, pero el gas venía directamente de la calle, de unos depósitos que estaban enterrados en los jardines del barrio. La puerta del garaje se abría automáticamente, pero aún no existían las fotocélulas, así que había que espabilar con el coche. A más de uno, nacido en los 90, le hará gracia lo que cuento, pero es que para aquella época, esto era, como entrar ahora, en un piso domotizado. Lo poco que no cambio y desde aquí mi admiración por su profesión era la lechera, que seguía repartiendo piso por piso, con sus pucheros. SEGUIRÁ…

 

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