
¿Y cómo era Alcañíz a principios de los 70?
Pues lógicamente muy diferente, para mi gusto mejor, mucho mejor, más tranquilo, más humano, más cercano, con mayor respeto y cariño consigo mismo, pero quizás todo sea producto de verlo con una perspectiva evolutiva personal diferente.
Los primeros años de mi vida los pasé en la casa que teníamos en la recién inaugurada fábrica de Cafés Caminals en la carretera de Zaragoza, hoy allí se sitúa el “DIA”. La estructura externa del supermercado sigue siendo la misma que tenía la fábrica y cuando recorro los pasillos y cierro los ojos unos segundos, soy capaz de ir colocando despachos, máquinas, vestuarios, en su ubicación original, incluso de poner cara a los trabajadores, a pesar de haber pasado más de 30 años. Muchos recordaréis el agradable aroma que se percibía por muchos barrios de Alcañiz cuando se tostaba el café.
De ese bebé, que dio sus primeros pasos entre sacos de esparto, llenos de granos de café recién llegados de Colombia, Brasil y Mexico, quedan en su retina imágenes como la de los numerosos carros tirados por mulas, que al atardecer volvían de los campos, cargados de cebada y trigo. A un lado de la fábrica estaba Senante, no recuerdo que hubiera gasolinera, pero si un taller con muchos camiones que para un niño, sólo verlos arrancar o tocar el claxon eran todo un espectáculo. Al otro lado, todo eran campos, no existían naves ni edificios hasta la iglesia de Santo Domingo. Barrabino fue años más tarde el primer vecino. En la acera de enfrente sólo había tres o cuatro edificios, hacía Zaragoza, continuaba con la fábrica de sulfuros y ladrillos y hacía el pueblo estaba Bolcase, con un enorme muro de piedra sobre el cual, protegidas por una valla metálica se dejaban ver unas grandes ruedas de tractor y camión.
A los pocos años nos trasladamos a vivir a la avenida José Antonio (hoy de Aragón), centro neurálgico de Alcañiz. Sobre el año 1976 mis padres montaron la primera agencia de viajes del Bajo Aragón (Viajes Meliá), situada en el mismo piso, encima de lo que hoy es muebles Pascual. Aún hoy, muchas parejas, ya abuelos la mayoría, reconocen a mis padres por la calle y recuerdan con entusiasmo su primer viaje de novios a Mallorca o a Canarías, su primer viaje en avión o quizás sus únicas vacaciones. Qué contrariedades, ahora si no cruzamos el charco y te dejas 3000 euros, total para tumbarte en la playa con una pulserita, parece que la boda no tiene sentido. Es el progreso.
Era muy típico poner grandes carteles de publicidad en los balcones de la avenida, junto al nuestro recuerdo enfrente el de Moliner y el de mi tío Thomson, también había de abogados, corredores de seguros, peluquerías…Daban a Alcañiz el glamur de una pequeña capital. Sentado en el balcón, veía pasar en las carreras los espectaculares Chrysler 2000, los Seat 1430, los 600 Abarth… y en especial los Renault 8 TS. Que emocionante era verlos llegar todos apelotonados al embudo. Y lo que nunca se me olvidará es el espectacular accidente que protagonizó un Seat 124, pilotado por el querido Evaristo Sarabia, que perdía el control y se llevaba por delante dos farolas y un buzón de correos. Nos dejó sin carreras por dos años. Esto obligo a pasar de las balas de paja de protección, a las biondas por todo el perímetro del circuito. Vaya cambio de presupuesto y vaya palizas de los voluntarios. Mi reconocimiento y admiración por estos héroes que permitieron a Alcañiz volver a tener carreras con mayúsculas.
De la avenida recuerdo, que sólo existían los grandes edificios de 8 pisos de la parte central, entonces en Alcañiz debía haber unos 5 ascensores como máximo contando el del hospital. El resto eran casas unifamiliares o de cuatro plantas como mucho. Los garajes no estaban soterrados, sino al nivel de calle. Además del hospital, con aquel metal naranja que lo recubría en forma de panal, y el ambulatorio, teníamos la cruz blanca. Estaba en una casa a la altura de Febrise, allí me atendieron de una rotura de brazo con 6 años, creo que el Doctor Mateo. Donde estaba la discoteca, había una especie de ferretería que tenían de todo, tipo Trillero y a la vez era chatarrería. En frente de la estación de autobuses, hacía el embudo sólo había un muro, que detrás escondía unos caballos. Este muro fue pintado por los inconformistas de la época, con una estampa de la central térmica de Andorra contaminado un río. “No a la central” se leía. Apostaría que más de uno de los que se negaban a construirla y más alto gritaban, ahora viven gracias a ella desde el sindicalismo o la prejubilación, cosas de la vida. SEGUIRÁ…
