
1972, sin duda una de las mejores cosechas (décima parte)
Empezamos los 80 y lo hicimos a lo grande, con traje, el de la comunión, y como no podía ser menos también la despedimos con otro traje, el de la mili. La década se lo merecía.
Los acontecimientos se sucedían, a la vez que llegaba la comunión, los de las nacionales estrenábamos colegio, el Emilio Díaz. Que pedazo cole, con su pista de fulbito, su gimnasio, sus armarios para guardar los abrigos, esas persianas tan curiosas que se abrían de lado y grava, mucha grava en el patio. Creo recordar que el cambio fue de segundo a tercero de EGB, los que llegábamos de la parte de la avenida, teníamos una gran bajada, que se estrechaba en su tramo final, a partir de la casa de los hermanos Pascual, formando un pintoresco cantón. A ambos lados de los muros, campos y huertas. Llegando al colegio, unas escaleras de hormigón y unos briosos latoneros. El camino seguía hacía una gran cloaca abierta al Guadalope, ¡uaf!
Se acabaron las mesas redondas o en fila, aquí a sentarse de dos en dos, había que marcar seriedad. El paso por los sucesivos cursos de la EGB se notaba sobre todo por el aumento de peso proporcional de la cartera, era terrible. Ahora existen médicos y psicólogos que realizan máster de cómo llevar la cartera, ¿Dónde estaban entonces estos expertos si ahora llevan ruedecitas? Han pasado muchos años, pero creo que todos nos acordamos de nuestros compañeros de mesa con nombres y apellidos, todos los días se pasaba la lista y se cantaba “presente”. Que contar de esos profes, Doña Merche nos dio alguna torta en el colegio viejo, pero no era nada en comparación a Don Ignacio, con sus zapatos terminados en punta esperando a que te equivocaras en un dictado en la pizarra para impactarlos directamente sobre tu tierno culo, que bruto. Don Pascual era diferente, te venía por detrás y te retorcía la oreja o te cogía por el pelillo de la nuca y te levantaba del asiento. Y no les fueras a decir a tus padres que el profe te había pegado, porque el profesor siempre tenía razón. Inimaginable hoy en día, madre mía si hubiera existido el youtube y los móviles, iríamos por el “Mix 345” de grandes castigos.
No recuerdo el profesor, que para aprendernos los tiempos verbales, nos disponía a todos de pie en fila junto a los armarios, el orden de la fila era digamos un orden de acierto, es decir delante estaban los empollones y detrás, hay detrás, no estaban los torpes no, estaban los gitanicos, que auténticos eran y son, los Clavería, los Gimenez, los Gabarre. De vez en cuando en el recreo decían, venga partidico payos contra gitanos, sabíamos que íbamos a perder, ja,ja, como las porterías las montábamos con montañas de grava, al contar con pasos la separación, siempre se dejaban alguno. Una vez, me dejaron empezar el partido sacando y me habían llenado el balón de grava, casi me rompo el pie.
El fútbol, impulsado sobre todo con el mundial 82 y naranjito, adquirió un protagonismo total en los recreos. Sólo había una pista, que era como de asfalto. Aunque salieras el primero al recreo, siempre esa pista acababa siendo para los de octavo, claramente se imponía la ley del más fuerte. Así que el resto nos teníamos que apañar con el parking de los coches y la extensión de grava. Además de contra los gitanos, jugábamos entre los mismos de la clase o el A contra el B o el C, no había más clases por curso, con una media de unos 30 alumnos. Si jugábamos los de la misma clase, los dos mejores a modo capitán, elegían al resto de jugadores y se contaba con los pies: oro, plata, oro, plata para acabar diciendo plátano es, cruzando el pié si no cabía y se empezaba a elegir compañeros. Si tenías la suerte de ganar el partido, cuando subías a clase, cantabas “hemos ganao la copa de Bilbao y los que han perdido se han jodi…” y si habías perdido “hemos perdido pero nos hemos divertido y los que han ganao se han meao”, tremendo.
En los años 80, además del deporte rey, tuvimos diferentes modas en los recreos. La que menos me gusto fue la de las canicas, como era “chiva, pie, tute y gua” no por el juego en sí, sino por la cantidad de agujeros que aparecieron en la grava donde yo seguía dándole al balón. El churro, con aquello de: “chuuurro vaaa”, “manga, media manga y mangotero” vaya saltos que pegábamos y pobres costillas. El abejorro, más animal si cabe, porque consistía en calentar a uno en un corro y si adivinaba el que le había pegado era este el que pasaba al centro a recibir. Y luego estaba la “richola” que era el tacón de goma de un zapato que lo tirabas sobre unas cartas de baraja cortadas y unidas, formando como una pequeña carpeta, que había que sacar de un cuadrado dibujado en el suelo. Las niñas por su parte, además de jugar a alguno de los juegos antes citados, también jugaban a la comba, a la gometa, al hula-hoop y a contarse sus cosillas, porque a nadie se le escapa, que nos llevaban bastante ventaja neuronal y hormonal.
Como profesores pintorescos de estos primeros años de EGB recuerdo a Don Victoriano, con su peculiar gorro y su Citroën GSA, Doña Matilde con los trabajos manuales y la sierra de marquetería (que rabia cuando se te partía la sierrecita), Doña Esperanza y el Do, Re, Mi, creo que aún me atrevería a tocar la novena sinfonía de Beethoven, y en fin, tantos otros que a pesar de todo, les guardamos un gran cariño allí donde estén, porque han forjado gran parte de nuestra cultura y educación actual. SEGUIRÁ…
