
1972, sin duda una de las mejores cosechas (decimoquinta parte)
Entre masicos, el pueblo de los abuelos y piscinas iba pasando el verano, hasta que llegaban las fiestas mayores Alcañiz, que se esperaban con alegría pero moderada, porque a la vez se sabía que terminaba el verano, se cerraban las piscinas y empezaba el colegio.
Algunos éramos afortunados por partida doble, en mi caso al tener madre caspolina y padre alcañizano, podía disfrutar de dos grandes Fiestas Mayores, unas en Agosto y las otras en Septiembre. Sin lugar a dudas, el disponer de casa familiar en Caspe, me permitió vivir de joven una de las mejores fiestas de todo Aragón y que siempre recordaré como algo muy ligado a mi querido primo Angus.
De pequeño, entre los 8 y 12 años, año arriba, año abajo, las fiestas se vivían de otra manera, eras totalmente dependiente de la familia. Por ejemplo, para San Roque en Caspe, al mediodía a ver los gigantes y cabezudos a la plaza; recuerdo que se tiraban una especie de cohetes llamados “bombas” que cuando explotaban caían pequeños juguetes y golosinas, entre ellos el típico paracaidista y el muñeco con anisetes, aparte de fragmentos de carcasa. También se prendían unos “farolillos”, que eran como unos globos de papel de colores y diversas formas, que al encender con fuego un algodoncillo impregnado con alcohol, ascendían dando un bonito toque al cielo caspolino.
Por las tardes, íbamos con los abuelos a ver las vaquillas donde ahora está la nueva piscina municipal. Eran muy buenas, porque en medio de la plaza (construida con tablones y remolques de tractores) había una balsa donde se metían los mozos a salpicar al bicho, y cuando alguna vaquilla entraba de cabeza a la balsa, pues se pueden imaginar.
Siempre en el pabellón, había alguna actuación para los críos y recuerdo especialmente al grupo “Arcoíris”, ya que eran como Parchís, pero con sus componentes todas niñas, muy guapas, de Zaragoza y me hice amiguete de una de ellas, que más tarde vería en el patio del Cachirulo de Alcañiz. Otra anécdota, fue con Maria Jesús y su acordeón, varias parejas de niños teníamos que bailar en el escenario los pajaritos con un globo entre nuestras cabezas. No sé cómo me quedé, pero lo que nunca se me olvidará es que pase a su camerino, me dio un par de besos y me regalo una foto que me firmo, pensar que entonces (hace 30 años) era de las artistas más importantes del momento, que historietas.
Luego ya por la noche, lo típico era ir a tomar un helado a la plaza de España, donde se disponían alrededor de toda la plaza decenas de veladores, dejando un hueco en el centro para bailar, y poder disfrutar de la orquesta que tocaba desde un coqueto quiosco. Bueno, yo con 10 años y mi hermano con 6, pues mis padres tendrían, ¡vaya! 35 años, normal que salieran a bailar después de tomarse un refrescante cubalibre, y que bailoteos, ni Grease. A las 12 de la noche, a coger sitio en la tribuna principal, las escalinatas de la colegiata, porque el espectáculo era total: salía el toro de fuego, subiendo a todo meter por la calle mayor, desprendiéndose de borrachos o matasuegras a diestro y siniestro, la gente al más puro estilo San Fermín, corriendo intentando buscar un callejón, o la salida a la plaza de la iglesia, pero claro, podía ocurrir que aparecía otro toro en dirección contraria, ¡vaya masacre! en el sentido figurativo claro. Era muy emocionante, bonitos recuerdos, sin duda.
En Caspe, no había ferias, ya que como mucho bajoaragoneses sabrán, las ferias de Caspe estaban separadas de sus fiestas, coincidiendo con el puente de Noviembre. Sin embargo en Alcañiz, se celebraban fiestas y ferias a la vez. Aún recuerdo que en la malograda Glorieta, había una exposición de maquinaría agrícola y vehículos industriales, donde a los niños nos encantaba subir a los tractores, cuanto más grandes mejor. Por otro lado, las atracciones se instalaban en el cuartelillo, sitio de donde creo, nunca tuvieron que marchar. Voy a cerrar los ojos y esta es la foto: al entrar varias casetas de bingo, de tiro al palillo, de los patitos, etc. A la derecha, cuando se ensancha un poco el cuartelillo estaban los caballitos, con sus columpios de cadenas que sobrevolaban por encima de la calle Palomar, un poco más adentro, los coches de choque de Aznar, donde nuestros papas nos montaban orgullosos junto a ellos, pero claro, con treintaitantos años que tenían, ahora comprendo los piques con los otros padres, y nosotros ahí, bien encogiditos, protegidos por su brazo. Y al final del todo estaba la ola, si esa que tenía varias cacerolas con un volante en medio, para girar y girar, hasta que salías lanzado por el hueco, porque no estaba la cadenita. El miedo no era el salir despedido de la cacerola, sino el que no se te pillara la mano entre esas tablas que se abrían y cerraban, conforme la ola subía o bajaba. Entre la entrada a los paseos del cuartelillo y el Hogar del Pensionista estaban el pulpo, que con un botón o sacando una especie de volante, optabas a subir más o menos en la pata del mismo, era la novedad por aquella época. El Scalextric, que mira que si no ha cambiado, que le hice una foto a mi hija en el coche de los bomberos y mi madre me enseño una exactamente igual que me saco mi padre en tiempos en blanco y negro. Me gustaría despedirme de las ferias, recordando el entrañable tren de la bruja; se situaba entre los autos de choque y los caballitos, Este sí que ha cambiado, a peor, para mi gusto por supuesto. Los trabajadores eran verdaderos acróbatas, se escondían por el recorrido del tren disfrazados de diablillos, se subían a la ventana de la salida del túnel, se descolgaban hasta los tobillos, te pegaban con una o dos escobas, no sabías por dónde te caían, saltaban por encima de los vagones, se cogían en marcha, era un espectáculo, conseguir quitarles la escoba era lo más. Una mezcla de miedo y quiero montar se nos apoderaba. SEGUIRÀ…
