Opiniones

Joaquín Egea

La Siberiana

Al igual que la vida de los héroes de las tragedias griegas viene marcada por la fatalidad, parece que el devenir de los últimos años en Alcañiz está marcado también por el infortunio, que cada cierto tiempo nos visita para recordarnos que la naturaleza también está presente y que juega sus bazas en el azar de la vida.

Si el 14 de Agosto de  2003 fue el granizo el responsable de una gran destrucción, que se centró principalmente en tejados y vehículos, el pasado 18 de Julio fue el fuego el responsable de algunas de las horas más angustiosas en nuestra reciente historia. Horas en las que se pasó mucho miedo y en las que también muchos ciudadanos de Alcañiz demostraron cómo en los peores momentos emerge la generosidad y solidaridad. Gracias a su desinteresada participación la desgracia no fue mayor de lo que pudiera haber sido.

Pero para quien fue una gran tragedia fue para La Siberiana, empresa conocida por todos los alcañizanos y con muchos años de tradición.

Me produjo mucha tristeza y penar desde el principio lo acontecido con la Siberiana y la razón es porque fue “mi casa” durante el verano del 2002. En ese verano, recién acabados mis estudios, me trasladé a Alcañiz con la intención de establecerme aquí. Me puse a buscar trabajo, de lo que fuera, y me enteré de que buscaban un repartidor.

La entrevista fue muy rápida pues cuando dije que ya había trabajado un verano en Calamocha ayudando a repartir bebida, o como decía mi prima Sofia de “cocacolero”,  me dijeron que empezaría trabajar en los primeros días de Julio.

Agradeceré siempre a la familia CASES-FUSTER lo bien que me trataron y lo comprensivos que fueron conmigo. Un chico trabajador pero algo atolondrado, como diría mi madre, al que siempre animaron cuando algo no me salía del todo bien.

Un trabajo duro, pues casi todo se hacía a mano y con gran esfuerzo físico,  pero a la vez ameno y divertido. Repartíamos alegría allá donde íbamos. El resto del año no sé, pero en verano La Siberiana era sinónimo de fiesta y de FIESTAS. Incluso puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que el primer acto festivo en los pueblos del Bajo Aragón, antes incluso del pertinente chupinazo, era la llegada del camión de La Siberiana, o camiones dependiendo del tamaño del pueblo, cargado hasta los topes con grifos, barriles, barras y demás bebidas y suministros para las peñas. Con qué alegría se nos recibía, en las peñas siempre sobraban manos para descargar.

Este trabajo me vino muy bien por varias razones.

La primera es que me permitió estar en Alcañiz, cerca de mi novia por aquel entonces y ya sabemos lo que dice el refranero español al respecto.

La segunda es que me permitió realizar un curso acelerado de conducción. En la entrevista dije que tenía carné, aunque obvié el hecho de que lo tenía desde hacía sólo 6 meses. Desde el principio tuve a mi disposición “El alcachofo”. Un camioncete veterano al que le saltaba la segunda marcha pero que fue para mí un verdadero profesor de autoescuela.

La tercera razón es que el trabajo me permitió conocer todos los pueblos y carreteras del Bajo Aragón Histórico hasta aquel entonces desconocidos y desconocidas por mi.

Guardo muchos recuerdos y anécdotas de esos dos meses y medio que conviví con ellos, una empresa familiar donde el trato siempre fue cercano y cariñoso.

Por eso cuando empecé a recibir noticias y ver imágenes de lo acontecido no puede reprimir sentir un pellizco de dolor en el corazón porque los escombros ennegrecidos que veía fueron en su día mi lugar de trabajo.

Desde aquí todo mi apoyo a Inma,  Ana, Carlos, Amparo y a todos los trabajadores, esperando que más pronto que tarde y cual ave fénix La Siberiana vuelva a ser lo que fue.

 

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