Opiniones

Joaquín Egea

El Reto

Lo que viene a continuación es el relato, más o menos novelado por el autor, de la consecución de un reto, que si bien soy consciente de que puede no ser gran cosa para el público, ha supuesto para mí un importante esfuerzo de superación personal.

Toda historia tiene un inicio y aunque el principio de esta poco tiene que ver con el posterior desarrollo es bueno recordarla.

Todo empieza con una conversación al final de las fiestas de 2013 que poco tenía que ver con el ciclismo y que finalizó con mi inscripción en un grupo de whatsapp cuyo nombre dejaba bien a las claras el leitmotiv del mismo: “P’al arrastre”.

Su finalidad era conseguir compañeros para realizar salidas en bicicleta de montaña.

No pedía pan, como vulgarmente se suele decir, así que el grupo fue vagando por mi teléfono sin hacerle mucho caso al principio. Por unas u otras razones, la pereza casi siempre, nunca encontraba momento para empezar.

Heme aquí que un día mientras ordenaba el trastero me quedé mirando mi vieja bici, el hierro, regalada por mis padres hacía 21 años para celebrar mi buen final de estudios escolares. Llevaba muchos años olvidada y decidí darle una nueva oportunidad, eso y que ya me daba un poco de vergüenza rechazar todos los planes que surgían en p’al arrastre.

La primera salida sólo podría definirla como dominguera, digo esto porque salir de casa para dar la vuelta a la Estanca y volver debe ser lo más típico en Alcañiz. De esta primera salida pude sacar varias conclusiones. La primera que ya era hora de jubilar al “hierro”, la segunda que aunque cansado podía aguantar y la tercera y última es que el asiento de una bicicleta no era el mejor sitio para pasar el rato.

Aunque mi compañero de fatigas de ese día sólo recordará mi expresión “sin dolor no hay deporte” ocurrencia usada por mí como grito de ánimo para convencerme de los beneficios que me reportaría mi reestrenada afición. Expresión que muy a mi pesar me ha sido recordada en mis posteriores malos momentos que han sido más de los deseados.

El mal ya estaba hecho y la semilla ciclista ya germinaba cuando pasamos al siguiente paso. Una vez jubilado “el hierro” y con mi nueva “burra” me introduje sin pensarlo y sin anestesia en el mundo del enduro, la disciplina que realmente le gusta al, ahora si mal llamado, grupo p’al arrastre. Así empezamos a recorrer todos los caminos que rodean a Alcañiz con el objetivo de buscar cada vez la bajada más técnica y, por qué no decirlo, tétrica con la que disfrutar de nuestras bicis. Ya no había marcha atrás, tan sólo dejarme llevar y rezar para que la caída, han sido varias, no fuera aparatosa.

Es entonces cuando se empezó a fraguar la idea realizar un reto como culmen de mi inicio ciclista. La primera opción fue “La subida de La Franqueta”, más de una hora de subida, culo en sillín, dura como ninguna que hubiera subido hasta entonces con “sin dolor no hay deporte” como único alimento para terminar en una vertiginosa bajada bosque a través durante 15 minutos con la adrenalina saliéndose por las orejas, como bien le gusta decir a mi cicerone. Al final y tras 4 horas de bicicleta sólo completamos 28 kilómetros, hacía falta algo más duro para considerarse realmente un reto.
Así pasaron los días hasta que un día surge la conversación: “podíamos hacer la vía verde desde Horta a Tortosa”. Yo como buen “milhombres”, no tengo muy claro el origen del mote pero a buen seguro tiene más que ver con la bravuconería que con el valor, dije: “si la hacemos la hacemos entera, desde Alcañiz”.

Bingo, ya teníamos reto. Haríamos la vía verde que sigue el antiguo recorrido del tren de Val de Zafán desde Alcañiz a Tortosa a lo largo de 105 kilómetros.

Faltaba un mes y medio y ya todo era prepararse para aguantar sobre el sillín durante más de 6 horas. Las pruebas preparatorias fueron bastante bien, incluyendo un recorrido de 50 kilómetros para probar sensaciones.

Llegó el día y empezamos a las 7 de la mañana con mucho entusiasmo e ilusión con la osadía que nos permite enfrentarnos a lo desconocido. Las sensaciones en la bici eran buenas y la conversa fluida camino de nuestra primera parada, Horta de San Juan, a donde llegamos en 3 horas y media. Llegué con la lengua fuera, como se suele decir, pero la idea del almuerzo a la llegada me permitió aguantar las últimas rampas.

Tras los consabidos huevos fritos con longaniza, almuerzo de campeones, nos enfrentamos a la, en teoría, parte más fácil de recorrido. 50 teóricos kilómetros de bajada que iniciamos con avidez y entusiasmo pero que se convirtieron en 15 kilómetros finales de falsos llanos que mermaron las pocas fuerzas que nos quedaban y convirtieron el final más en un suplicio que una fiesta. Para acabar repusimos fuerzas en un estupenda comida adornada con risas, bromas y anécdotas de todo tipo.

Empezamos esta aventura dos y la acabamos tres. Visto ahora con cierta distancia creo cada uno de los que allí fuimos tenían sus propias motivaciones. A algunos les sirvió de desahogo espiritual, una manera de espantar cercanos fantasmas y a otros para confirmar que aunque algo mayorcetes seguimos teniendo algo de cuerda.

En lo personal fue un día de triunfo por haber conseguido en poco más de 3 meses algo de lo que no me creía capaz.

Ahora sólo hay que buscar el siguiente reto.

Un abrazo a todos los integrantes de grupo P’al arrastre, no hace falta nombrarlos porque todos saben quienes son, el mejor grupo ciclista para un endurero novato y algo miedoso como yo.

NoPainNoSport.

 

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