
Hombre rico, hombre pobre
Decía un día el periodista Miguel A. Aguilar en la cadena SER, con su habitual tono socarrón, que: "Los ricos en España deberían estar exentos de pagar impuestos."
Aguilar defendía que:
- Sus hijos no estudian en colegios públicos sino en varios colegios privados.
- Cuando se ponen enfermos no van a hospitales públicos, van a clínicas privadas españolas o en algunos casos al extranjero para sanarse.
- Nunca utilizan medios públicos de transporte e incluso algunas veces ni siquiera infraestructuras públicas de comunicación pues tienen yates y jets privados para desplazarse en sus viajes.
- No necesitan seguridad pública porque ellos mismos contratan su propia seguridad.
En resumen los ricos se pagan todo lo que necesitan sin recurrir al Estado, además favorecen la creación de empleo.
Desde ese punto de vista la afirmación tiene una lógica aplastante, podría decirse que se entiende que los adinerados no quieran ser solidarios con un Estado al que poco reclaman.
Quizá sea por eso por lo que se empeñan en pagar aquí pocos impuestos y hacen todo lo posible para que el fruto de su trabajo e inteligencia, que consideran mejor que el del resto de compatriotas, no tribute en España, perdiendo así parte del importe ganado.
Los impuestos de un país nacen de la necesaria solidaridad entre ciudadanos, los servicios públicos existen para igualar, en lo más básico, a todos los habitantes de un país. Son servicios que todos debemos defender y cuidar pues marcan en gran medida el desarrollo de un país, por encima de otros indicadores económicos. Un país solidario con todas sus gentes es un país más justo.
Nos ha ocurrido con el caso de los papeles de Panamá lo mismo que a los habitantes de aquel país en el que un rey se paseaba desnudo, a vista de todos, creyendo portar un lujoso vestido. Nadie parecía escandalizarse, preferían vivir en la ignorancia antes que arriesgarse a delatar la verdad. En ese cuento es necesaria la inocencia y claridad de un niño para desenmascarar el engaño.
Nosotros hemos necesitado que unos periodistas nos muestren la realidad de nuestro sistema tributario desnudo; ahora todos nos indignamos, ciudadanos y políticos, y nos preguntamos cómo es posible que pase esto. Hipócritamente censuramos lo que haríamos si tuviéramos oportunidad, quizá por eso se entiende que nos indignemos ante la información pero no ante la inacción de nuestros gobernantes, muchas veces usuarios de estos paraísos, que permiten la existencia y uso de éstos perdiendo nuestras arcas públicas parte de su importante recaudación.
Aguantamos estoicamente los recortes cuando por todos es sabido que la cantidad de dinero patrio oculto al fisco evitaría éstos, además de ayudar a mejorar y extender los servicios públicos.
Lamentémonos pues de haber nacido en la parte pobre de la sociedad, la que, como mucho, aspira a salir de la mediocridad y poder vivir con cierta comodidad mientras sentados en nuestro sofá frente al televisor esperamos las próximas noticias sobre corrupción pensando en la suerte que tienen algunos por disponer de cash que poder evadir.
