Opiniones

Joaquín Egea

Hooligans

No está muy claro cuál es el proceso madurativo, pero llega un día en el que todo español se hace aficionado de un equipo de fútbol. Normalmente llega durante la infancia, sin saber por qué un día le preguntan a un niño o niña "y tú, ¿de qué equipo eres?" y el niño con voz de orgullo dice "soy del...."

De cómo alguien se hace de equipo u otro daría para una tesis, pero a modo de resumen diríamos que depende sobre todo de la edad. A edades tempranas es el entorno familiar el que influye mucho en la elección. Sólo en raros casos se llega a edades avanzadas sin haber hecho una elección. En estos casos sólo quedan dos caminos: elegir equipo por criterios de calidad futbolística o por el contrario, y en el menor de los casos, hacerse antifutbol y pasar a formar parte del grupo de gente rara y desterrada de las conversaciones futbolísticas de los lunes en el trabajo.

Sea como fuere nuestro camino hasta ser aficionado de un equipo, la única verdad es que una vez hecha nuestra elección el amor por nuestros colores se infiltra en nuestro ADN, cual virus, y cambia para siempre nuestras vidas; se convierte en nuestro equipo del alma, origen y razón de ser de muchas de nuestras alegrías y angustias. Un virus benévolo cuyo síntoma más habitual es la pérdida del sentido común y de la racionalidad,que se nos supone como seres inteligentes, en lo que se refiere a temas futbolísticos.

A nuestro equipo le perdonamos todo. Lo jaleamos y lo defendemos frente a otros, infectados igual que nosotros pero por virus de otro equipo, llegando a reprochar a los “otros”  lo que perdonamos a los “nuestros” en giros de conversación dignos muchas veces de auténticos psicoanálisis. Llegamos incluso a ser racista con el jugador del equipo contrario mientras al nuestro se le alaba y, digamos, se le perdona el hecho de haber nacido fuera.

Nunca se cambia de equipo, tamaña afrenta no es concebible para un hooligan. Incluso aunque nuestro equipo cometa la mayor de las tropelías pensable. No existe lo justo o lo correcto, lo más importante es que nuestro equipo gane, gane como sea, por lo civil o por lo criminal pero que gane.

Esa es la única fuente única de felicidad, el hooligan hace tiempo que perdió su gusto por disfrutar de un espectáculo bien ejecutado.

Este comportamiento que podría resultarnos simpático deja de serlo cuando se observan en una faceta en principio tan diferente como es la de la política. Aunque no nos lo parezca en política también hay hooligans, aunque en este caso suavizaremos el término y los llamaremos afiliados, militantes y votantes. Al igual que con el fútbol el español un día se hace votante de un partido.

Podríamos pensar que la elección del partido votado responde a un profundo análisis de las ideas propias y de los programas de las diferentes opciones políticas, pero en la mayoría de los casos no es así y nos hacemos votantes de una u otra formación política por motivos muchas veces irracionales. Al igual que con el fútbol, una vez hecha nuestra elección esta se imbuye en nuestro ser y modifica la manera en la que observamos la sociedad que nos rodea. Al igual que en el fútbol defendemos las medidas de nuestro partido no ya por si son buenas o no, sino porque quien las toma. Reprochamos la corrupción del contrario y sin embargo obviamos la de los nuestros.

El hábitat natural del hooligan futbolístico es el campo de fútbol, lugar de reunión con sus iguales y donde da rienda suelta a sus instintos más bajos, en el caso del hooligan político su hábitat es el mitin donde no se va a escuchar ideas y programas sino a autoconvencerse de la decisión propia frente a otros que han tomado otras contrarias.

Podría decir que lo normal sería evaluar y decidir en cada momento qué formación política se acerca más a nuestra visión de la realidad, pero qué les voy a decir yo si también soy un HOOLIGAN.

 

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