Opiniones

Joaquín Egea

La invasión de los ultracuerpos

Siempre me ha gustado el cine. No recuerdo cuál fue la primera vez que fui a una sala de cine pero aún recuerdo la emoción que sentía cuando se apagaban las luces y la pantalla empezaba a brillar.

Siempre me ha maravillado la capacidad de los directores de cine para contar historias a través de sus películas, con ellas pueden pretender entretenernos o conmovernos, hacernos pensar sobre nuestras vidas o intentar incluso cambiar nuestra forma de pensar y actuar. De manera que podemos ver un película sin más o podemos intentar desentrañar los mensajes que el director nos quiere hacer llegar. De la pericia de este dependerá que estos mensajes nos lleguen de manera más o menos clara.

A lo largo de nuestra vida siempre hay películas que se quedan en nuestra memoria y que evocamos y recordamos con frecuencia, son filmes que se nos quedan y que forman parte de nosotros sin saber muy bien por qué.

En mi caso una de estas películas es  La invasión de los ultracuerpos Dir. Philip Kaufman, MGM, 1978. Que era un remake de La invasión de los ladrones de cuerpos Dir Don Siegel, Allied Artist, 1956 y que fue destrozada posteriormente en   Invasion Dir. Oliver Hirschbiegel, Warner Bros., 2007.

La película la podemos incluir en el género de invasiones extraterrestres, aunque la amenaza no venga esta vez montada en OVNI y provista de modernas armas.

No recuerdo exactamente qué edad tenía, aunque sé que la ví en casa de mi abuela acompañado de mi madre y mi tío y que la emitió la antigua “segunda cadena”. Lo que sí recuerdo, y no me duelen prendas reconocerlo, es que me provocó bastante miedo, puede incluso que este miedo sea lo que grabó esta película en mi memoria. Aunque una vez revisionada es más tensión que miedo lo que pretende provocar el director.

El argumento de la película trata de la invasión de la tierra por una raza extraterrestre, pero como ya he dicho antes esta invasión no se produce a bordo de ningun ovni ni usando armas tecnológicamente avanzadas muy al contrario la invasión se produce por unas esporas que llegan a la tierra empujadas por los vientos solares.

Estas esporas en la tierra se desarrollan en forma de vaina. Dentro de estas vainas se desarrolla un humanoide que adopta la identidad de una persona. De modo que cuando el humanoide se acaba de formar, en contacto directo con el huésped, este último desaparece y es el humanoide quien ocupa su lugar. La única diferencia entre el huésped y la réplica es que esta última carece completamente de emociones y sentimientos.

Los protagonistas se dan cuenta de que a su alrededor las cosas cambian, que la gente ya no se comporta como antes. Aparentemente no pueden hacer nada para pararlo, sólo esperar a que suceda lo inevitable.

Cuando todo está perdido cuando sólo quedan tres personas por “invadir” se produce un diálogo entre los protagonistas y los invasores donde queda bien a las claras cuál es la intención del director con este film.

El invasor reprocha al humano su negativa a unirse a ellos indicando que la nueva vida que le ofrece está exenta de sufrimiento, odio, deseo y emociones; que con el cambio todo es orden y bienestar.

El terrestre expone que es precisamente las emociones y los sentimientos lo que nos da sentido como especie que la pérdida de estos aboca al fracaso como especie y a nuestra desaparición.

El final no puede ser más poético y desalentador pues después de una larga persecución y tras un fundido en negro nos encontramos ante una sociedad anodina y formal, en la que cruelmente la última protagonista se da cuenta de que para ella tampoco hay futuro.

Creo que la intención del director se ve claramente en el discurso del terrestre ante el invasor. Así pues no debemos olvidar esta advertencia, una sociedad sin sentimientos (amor, compasión, alegría, amistad, felicidad, odio, avaricia) no tiene sentido ni futuro.

El otro día en la la cadena SER en la sección “El rincón de pensar” del programa “A vivir que son dos días” se exponía que la sociedad utópica del pensamiento único donde no haya discrepancia no tiene sentido porque es la confrontación de  ideas y pareceres la que hace avanzar a la humanidad.

Para terminar unas palabras de Martin Niemöller que deben hacernos pensar.

Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista,

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata,

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista,

Cuando vinieron a llevarse a los judíos,
no protesté,
porque yo no era judío,

Cuando vinieron a buscarme,
no había nadie más que pudiera protestar.

 

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