Opiniones

Jorge Abril

El mar sin espíritu

 

Hace tiempo que no escribía, ya que estoy inmerso en un tiempo de reflexión y de silencio que aún continúa y que todos necesitamos en un momento concreto del ciclo de nuestra vida. Cuando se calma la mente y se serena comprendes que el mundo nunca se ha dejado de mover, cambia constantemente y tú te mueves con el , a pesar de que tu mente se niega a aceptar los cambios que afectan a tu vida.

En pleno proceso de cambio personal, hoy más que nunca, me acuerdo de Federico García Lorca, el poeta amante de lo diminuto que decidió embarcarse el en Olimpic- Buque hermano del Titanic- y emprender un viaje que le cambiaría su modo de entender la vida rumbo a la ciudad de las ciudades: New York. De todas sus cartas enviadas a sus padres, amigos, poesías y reflexiones, me quedo con la descripción de la ciudad hecha no de un poeta en Nueva York, sino “Nueva York en un poeta”, ya que Lorca intento salir a la ciudad e intentar vencerla y entenderla. Dos fueron los lugares que le impresionaron. Wall Street y Coney Island.

Lorca describía a Wall Street como el lugar “donde llega el oro en ríos de todas las partes y la muerte llega con el” y para un joven granadino acostumbrado al amor por los paisajes, sonidos, tonalidades y vivencias de los espacios abiertos de su Granada natal, la ausencia total de espíritu de este templo que rinde culto a la maquina encendida día que transforma el recurso en cifra anónima le impactó notablemente.

Coney Island es una isla donde los millones de habitantes de New York acudían los domingos de verano a beber, gritar, fumar sin orden ni concierto. Para un “hombre del sur” como él se definía este lugar le producía una enorme soledad, ya que “si allí te caes, serás atropellado, y si resbalas al agua, arrojarán sobre ti los papeles de la merienda”.

Lorca murió asesinado el 18 de Agosto de 1936, y a día de hoy su cuerpo está en una fosa común sin determinar en el entorno de Viznar. Coincidiendo con el mismo día del nacimiento de Lorca - el 5 de Junio- 117 cadáveres yacían en las playas de Libia, muchos de ellos en avanzado estado de putrefacción. Cada cuerpo era un sueño, una esperanza, una promesa y una ilusión rota por un mar Mediterráneo lleno de escombros y vacio de espíritu. La gran máquina encendida ya no está en Wall Street, está repartida en todos los lugares del llamado primer mundo, y ya no hace falta engrasar la máquina, basta con un solo click para comprar los ríos de oro y convertirlos en muerte al instante.

Este Verano el Mediterráneo se poblará de turistas, familias y visitantes que se agolparán para pelear su trozo de arena y la posición privilegiada para que el cuerpo adquiera un tostado ejemplar. Justo al otro lado de la costa el mar continúa expulsando cuerpos sin vida pero con espíritu, ya que ellos mantenían una fé en una vida mejor. Nos tendríamos que preguntar si entre cubo, sombrilla, cuerpo tostado y aparente vida feliz, tenemos el síndrome de Lorca en Coney Island: Queremos ocultar la soledad de una sociedad que mira hacia otro lado mientras los muertos se acumulan en la puerta de nuestra casa. Lorca en su Grito hacia Roma, escrito en la Torre del Chrysler Building ya denunció la existencia del “millón de herreros forjando cadenas para los niños que han de venir”. El mundo se mueve, y tú te mueves con el, aunque las plácidas y tranquilas vacaciones de verano te digan lo contrario.

 

 

 

 



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