Opiniones

José Alberto Pellicer

Los revolucionarios del feisbuc

No va contigo. Pero seguro que conoces a alguien de estas características.

Se levantan temprano para comenzar su particular revolución. Revisan todos los mensajes que otros han escrito, eligen los más contundentes y los comparten, los comentan y se creen los más expertos tertulianos del mundo capaces de aportar opinión sobre todo, economía, estatutos, autonomías, fotografías, paro, trabajo, dinero y miseria. De todo saben. Sobre todo opinan. Lanzan sus mensajes a todos los vientos etéreos del mundial internet.

Luego seleccionan esas frases guays, esas solidarias, esas fraternales, esas comprometidas, esas que nos deben hacer pensar la importancia del mundo, de la vida, del más allá y el acá, la importancia de ser mejores, la importancia de darlo todo por los demás.

Después se ven y escuchan los vídeos de los que piensan igual que ellos para reafirmar sus pensamientos. Luego ven los de los que no piensan igual para insultar a la pantalla, como si la pantalla fuera la que imaginaba mi abuela que era una ventana con la que te comunicabas con los que estaban al otro lado. Claro, no les responden, pero da igual. Se han desahogado.

Y luego viene lo duro. Lo más duro. Lo terriblemente duro. Tienen que salir a la calle y resolver los problemas personales que no son los mundiales. Entonces se cagan patas abajo cuando la oficina de Ibercaja les retiene su dinero sin ninguna explicación. Pero como no es un problema mundial claudican. Después se encuentran con uno que es amigo (del feisbuc) y lo ignoran. Sólo saben escribirle cosas bonitas. Han perdido su capacidad de comunicación. (Cuando llegue a casa le dirá lo bonito que es el mundo juntos, pero por el feisbuc).

Como esa incapacidad de relacionarse con la vulgar chusma real, no virtual, de la calle les frustra comienzan a dar mandobles verbales a los que viven por su casa, en las inmediaciones del radio del feisbuc. Y aunque desnudan sus intimidades, sus fotografías, sus momentos de trabajo, sus paseos por la calle, sus pensamientos como si fuera un acto pornográfico, ignoran la belleza desnuda de la desnudez.

No va contigo. Pero seguro que conoces a alguien así.

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