José Alberto Pellicer

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En la intimidad

A todo el mundo nos suena lo del motín de Esquilache, aunque no está de más recordar qué ocurrió.  Corría el año 1766. Carlos III, el de la cara de zangolotino, era rey de España. La vestimenta habitual de los madrileños era de capa larga y sombrero de ala ancha. Esa forma de vestir era insegura, porque cualquiera amparado en el anonimato del sombrero y poniendo la capa delante de la cara pasaba a ser una persona a la que no se podía identificar si cometía un delito, además, todos iban vestidos igual. Justo entonces nace el tricornio, que es la forma de unir arriba el vuelo del sombrero. Hubo revueltas en las que también influyeron otras cosas.
Eso ocurrió en el siglo XVIII y ahora estamos volviendo a los tiempos anteriores a Esquilache quienes defienden el uso del burka. No entro en su simbología religiosa. Es un tema de seguridad.  Imaginemos un atracador con el burka, al que no se puede identificar y que sale a la calle a refugiarse entre cientos de burkas. O que de un burka sale una navaja que atraviesa el pecho de un viandante. Ponte a buscar debajo de todos los burkas a ver si adivinas quién ha sido.
Un poco de seriedad. Estas demostraciones, como la del catalán de Aznar, en la intimidad.  







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