Opiniones

José Alberto Pellicer

El derecho a molestar

Es este un país donde la diversión de unos siempre debe llevar la molestia a muchos. Es incívico, pero es real. Tan real que hasta lo llegamos a tomar como algo normal.

Hace unos días los padres de alumnos de un colegio celebraban una cena de convivencia. La cena incluía el derecho a tener un equipo de sonido que multiplicaba música y tontadas que decían los que lo utilizaban a más de 200 metros a la redonda. Fueron muy cívicos porque a las doce de la noche apagaron todo. Y en la situación actual parecen cívicos, porque unos días después, en la plaza Mendizábal de Alcañiz la música que se podía escuchar a 400 metros a la redonda, con ventanas cerradas, estuvo hasta casi las siete de la mañana con la complacencia de Policía Municipal, Guardia Civil y alcalde de Alcañiz.

Porque el derecho a molestar está por encima del derecho al descanso, a vivir en paz, a escuchar lo que uno quiere o a dormir.

La diversión es compatible con el respeto. Hay locales y espacios donde se puede poner música a todo volumen sin molestar a nadie. Pero ¿de qué sirve si no molesto a nadie? Parece que es necesario hacer saber a todo el mundo que alguien se está divirtiendo.  Y si la solución del alcalde es esta, que se los lleve a su casa, eso sí bien aislada para no molestar a ningún vecino.

Vivo la realidad de mi entorno.  Una realidad de falta de respeto. Miro un poco más allá y veo corrupción en los tres poderes. Alzo la vista un poco más allá y están los alemanes que nos amenazan con el rescate. ¿Pues saben qué les digo? Que nos rescaten de una puta vez. Que nos rescaten de los mafiosos, de los chanchulleros, de los políticos sin escrúpulos, de los subvencionados y de los que su derecho es el de molestar. Rescátennos que nos ahogamos.

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