Ayer se me murió, se nos murió Vicente. Vicente Pueyo era hijo del farmacéutico de toda la vida de la calle Alejandre de Alcañiz.
Aunque tuvo que emigrar para ganarse el pan hace años, venía a menudo a su casa, la de sus padres, la de la calle Alejandre.
Abierto, ingenioso, concienzudo, generoso, dicharachero, a veces sentencioso, siempre muy juicioso, buen conversador, muy buen escuchador, algo que a menudo se echa en falta entre los que conversan, estaba dispuesto a echar una mano a su pueblo, a su ayuntamiento, a los amigos, a los que conocía y a los que desconocía. Sólo hacía falta darle un nexo de unión con algo y allí estaba.
Una afición que compartíamos, que duro es hablar de un amigo muerto, es el salir en bicicleta. Todos los años nos juntábamos con otros amigos en un lugar de la geografía española, durante una semana dejábamos el coche y recorríamos las carreteras sobre la bicicleta hablando de nuestras vidas, de nuestros proyectos, de nuestras ilusiones, de nuestro pueblo, de nuestro trabajo.
A finales de este mes habíamos quedado para salir en bicicleta en los alrededores de Alcañices, en la provincia de Zamora, Alcañiz se nos quedaba pequeño en esta ocasión. Para hacer la ruta en bicicleta, aunque cada uno vamos a nuestro ritmo era necesario entrenar.
Vicente salió ayer a entrenar, a preparar “La Vuelta”, que es como denominamos a esta cita anual, a hacer pedales para subir veloz en un repecho, o para seguir al pelotón, o para seguir con el aliento necesario que permite escuchar la conversación de los compañeros de la ruta. Ayer salió a entrenar sobre la bicicleta y murió pensando en la cita que teníamos pendiente.
Porque teníamos que hablar, nuestras conversaciones quedarán pendientes. Porque teníamos que construir mundos nuevos posibles e imposibles, nuestras ilusiones quedarán suspendidas. Porque teníamos que sonreír, nuestras sonrisas quedarán congeladas. Porque teníamos que soñar, nuestros sueños quedarán despiertos.
¿Por qué?
