Opiniones

José Antonio Calvo

Las alergias y el exceso de higiene

Ocurre en ocasiones que rebuscando con el mando a distancia entre la maraña de seriales pelones, concursetes de perfil bajo y  telebasura que nos ofrecen con generosidad las televisiones privadas y, lamentablemente, también las públicas, encuentras algún documental  interesante, eso sí, debidamente camuflado en horarios de escasa audiencia y en canales secundarios, no vaya a ser que si los ponen en franjas “prime time” la gente le cojamos el gusto y nos volvamos cultos.

El documental que yo encontré el otro día trataba el tema de las alergias, especialmente las infantiles. Una alergóloga alemana explicaba que en las grandes ciudades germanas, al igual que en el resto de las de Europa, las alergias alimentarias habían pasado en 15 años de afectar de un 6 a un 15% de los niños; que la dermatitis atópica había aumentado de un 5 a un 10% y que las alergias respiratorias habían pasado de un 75 a un 80%. Sin embargo, había observado que apenas se registraban casos en la Baviera profunda ni en otras zonas rurales alemanas, así que se había puesto a investigar si sólo se trataba de un tema de la contaminación ambiental o había algo más. Polución atmosférica aparte, la diferencia clave estaba en la forma de vivir. Los zagales bávaros rurales seguían viviendo “a la antigua”, es decir, vivían más en la calle, tenían más contacto con el campo, sudaban más, tenían más contacto con animales por lo que, en general, iban más guarretes que sus compatriotas urbanitas. El colmo eran los hijos de granjeros, que desde bien pequeños, ayudaban a sus padres con las vacas, las ovejas y los gorrinos en establos y corrales, pasando buena parte de su tiempo en ambientes con gran carga microbiana. En éstos últimos las alergias eran prácticamente inexistentes.

Otros investigadores en otros lugares del mundo llegaban a la misma conclusión: la convivencia con los microbios, en la que las especies hemos evolucionado, es fundamental para el equilibrio de los organismos.

Entre aquellos abuelos que sólo se lavaban los pies y se mojaban “la foeta” (el pescuezo) para San Juan y algunas madres actuales que, no es que laven a diario a los niños, es que los friegan, hay un término medio. Yo he presenciado a un tierno infante gatear por el jardín y llevarse un pedrusco a la boca y he visto levantarse a sus padres tíos y hermanos en pleno ataque de pánico, abalanzarse sobre él, quitarle la piedra y ponerle la boca debajo del chorro de  un grifo, como si el niño se hubiese llevado a la boca una bola de cianuro. Me costó convencerles de que llamar al 112 era excesivo.

Los investigadores nos dicen que un poco de suciedad puede ser bueno, porque mientras los niños exploran su mundo, su sistema inmune aprende a  reconocer a los verdaderos agentes infecciosos, y su organismo se va poblando de bacterias amigas que le protegerán de muchas cosas. La mayoría de los microbios no patógenos, con los que hemos aprendido a convivir, forman parte de nuestras defensas.

A parte de la actual manía de pasar a diario a los niños por el programa largo del lava-coches, encerado incluido, nuestras viviendas están, más que limpias, maqueadas. Hay en el comercio cerca de 700 productos caseros que se describen como bactericidas, desde jabones para manos, cepillos de dientes, aerosoles, detergentes para la vajilla, prendas de vestir y ropa de cama. Al vivir inmersos en ambientes prácticamente estériles, nuestro sistema inmune no detecta enemigos naturales y ¿qué hace?, se los inventa, reaccionando con violencia a cosas tan naturales como nuestro propio sudor, el ejercicio o las vibraciones. Un desastre.

Cuando yo empecé a ejercer, de éste tema de los “microbios amigos” apenas se empezaba a hablar. Entonces vivíamos en Bordón y nuestra vecina Rosita venía a buscar a nuestras dos hijas y se las llevaba al corral a recoger huevos, a ordeñar las cabras y a dar de comer al “cuto”. Al rato, ambas regresaban aromatizadas con “Eau de Boñiga nº5” y felices por haber jugado con los cabritillos y haber estirado del rabo al gorrino. Antes de cenar, eso sí, un baño ligero con agua templadita y, en vez de jabón-bactericida-matalotodo-ph-nosecuantos, una pasadita con esponja natural con una emulsión no jabonosa que comprábamos en la farmacia y nada de dos horas a remojo como si fuesen alubias de Tolosa ¡Qué acierto! No saben lo que es una alergia. ¿Hizo el corral de Rosita de vacuna antialérgica natural? Puede que sí.

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