
Día Internacional de la Tolerancia Todavía vivían en las retinas de los europeos las borrosas imágenes en blanco y negro de la Gran Guerra, cuando en España las de los ametrallamientos de los Polikarpov I 15 “Chatos” de los “rojos” o los bombardeos de los Junker 52 “Pavas” de los “nacionales” se amontonaban sobre las anteriores en el triste collage de nuestra memoria amarga. Sin apenas solución de continuidad, las calamidades de la 2ª Guerra Mundial y el Holocausto marcaban a fuego con una V de vergüenza la crónica de la Europa de la primera mitad del s.XX .En su segunda mitad, Occidente parecía haber aprendido una lección escrita sobre casi cien millones de páginas de sangre, cuando en la primavera de 1992 las guerras de Bosnia, con su aportación de cien mil muertos y casi dos millones de desplazados, nos devolvían a la realidad de nuestros peores instintos y nuestra abundante mala leche. En un nuevo intento de que no se volvieran a escribir nuevas páginas en el Libro Negro de nuestra historia, cuando se cumplía un año del fin del último conflicto, el 12 de diciembre de 1996, la Asamblea General de las Naciones Unidas invitaba a los Estados Miembros a que el 16 de noviembre de cada año, hoy se cumplen dieciséis años, observaran el Día Internacional para la Tolerancia, haciendo especial hincapié en promocionar actividades en los centros de enseñanza.
La intolerancia, por una parte, suele tener sus raíces en la ignorancia, esa desnudez con la que todos nacemos que, paradójicamente, genera miedo y a la vez, es atrevida. Miedo a lo desconocido, miedo al otro. “Nunca hables con extraños”, nos dicen nuestros padres. Instinto de protección. Por otra parte, en un mundo de más siete mil millones de habitantes, cada individuo siente un pavor natural a disolverse en la inmensidad de la masa, por lo que preservar su identidad como persona única se convierte en algo muy importante. De nuevo, instinto de protección. Pero, cuidado: el sentimiento natural de autoestima, el orgullo por nosotros mismos, por nuestro modo de vivir, por nuestro entorno inmediato, que se enseña y aprende a edad temprana y nos define como individuos, sacado malintencionadamente de quicio y aviesamente exacerbado, se convierte fácilmente en intolerancia. Resulta terriblemente fácil decirle a un crío “nunca hables con extraños...porque son gentuza”. Y añadir “mira, hijo: por tus venas corre sangre “x”... tu cultura y tus raíces son éstas... y debes evitar acercarte a los de sangre “y” o a los de color “z”... podrían “contaminarte”. Así de fácil fabricaremos monstruitos en cuyo interior la semilla de la intolerancia germinará y acabará por dar sus venenosos frutos: la discriminación, la intransigencia, y el fundamentalismo.
Acierta la ONU en recomendar a las sociedades democráticas y de Derecho que eduquen a sus ciudadanos en la tolerancia. Pero ¿hay que tolerarlo todo? Durante la Segunda Guerra Mundial, Karl Popper escribió su libro “La Sociedad Abierta y sus Enemigos”. En él describe “la paradoja de la tolerancia” y dice: << La tolerancia ilimitada conduce a su propia desaparición. Si extendemos la tolerancia ilimitada a los intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra sus tropelías, el resultado será la destrucción de los tolerantes... Deberemos reclamar, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes. Deberemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución >>.
Aunque algo se ha avanzado, el manoseo político de tema tan serio ha sido y es tal que haría llorar, si levantara la cabeza, al mismo Mr. Popper. Para empezar, casi todos los líderes políticos tratan de convencer a sus votantes de que, ellos sí, son los adalides de la tolerancia y, como no, la intolerancia siempre viene los demás. Para seguir, dicho manoseo ha producido tales sesgos en las sensibilidades de la población general, que se vienen produciendo situaciones tan chocantes como que la presentación de la candidatura ultranacionalista y xenófoba del austriaco Jörg Haider en 1999 abrió todos los telediarios de una escandalizada Europa, pero apenas fue noticia en ninguna parte el acto político ultranacionalista y xenófobo celebrado en la campa del monte Atxirulegi (Guipúzcoa) en el que desde el escenario los pro-etarras llegaron a abrir fuego con fusiles G-3.
Es malo no educar en la tolerancia a nuestros niños y jóvenes. Pero quizás sea aún peor el educarlos mal, en una tolerancia boba, inculta, injusta y manipulada que no nos llevará a otra cosa que volver a llenar de imágenes de horror el triste collage de nuestra memoria amarga.
