
Ser diferente Estos días en las consultas de los pueblos salimos un poco de la rutina del año y vemos pacientes nuevos, los famosos “desplazados”. Las salas de espera están más llenas y más bulliciosas de lo habitual, sobre todo porque en ellas vuelve a haber ¡niños!, ese bien tan escaso en nuestros pagos. Ayer entró a la consulta una niñita rubia con su mamá, con unas anginas de caballo (la piscina). La niña tiene el Síndrome de Down, el llamado antiguamente de forma tan desacertada “mongolismo”. Revoltosa, inquieta y preguntona, en un momento me movió todos los papeles y chismes de la mesa, centrándose con ilusión en mi sello bien cargado de tinta con el que selló sin compasión varios papelotes, su mano y mi antebrazo. La madre intentaba, con poco éxito, corregirle para que se quedase quieta y yo pudiese examinarla. Le hablaba con firmeza, pero con una ternura que me puso los pelos de punta: ángel mío, mi cielo, corazón mío...¡Cuánto amor!
Destilaba pasión por su hija como la flor de la melia destila miel por sus poros. Cuando se marchaban, la niña me dio un beso babosón, que recibí como un regalo. Me alegró el resto de la mañana. Al acabar la consulta, me acordaba de las dos y me dio por pensar en el médico francés Jérôme Lejeune, descubridor de la “Trisomía 21”, mutación genética que causa el síndrome de Down.
Jérome me empezó a caer bien cuando me di cuenta de que, además de un tío simpa-tiquísimo, era uno de esos investigadores, poco abundantes, que no tenía afán de notoriedad y que, pudiendo haber pasado a la historia poniendo su propio nombre a su descubrimiento “la Trisomía de Lejeune”, renunció a ello y simplemente la numeró. En 1958, a sus 32 añicos, hizo público su descubrimiento, sentando las bases de la genética moderna y recibiendo por ello el reconocimiento de la comunidad internacional. Fue designado como experto en genética humana en la Organización Mundial de la Salud (OMS), nombrado Director del Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia y fue creada para él en la Facultad de Medicina de la Sorbona la primera Cátedra de Genética Fundamental del mundo. Famoso, querido, y reconocido, el Nobel de Medicina hubiese sido suyo, si no hubiese sido porque pocos años más tarde tropezó con algo que hizo declinar rápidamente su estrella: lo políticamente correcto.
El doctor Lejeune había defendido con fiereza el derecho a vivir de éstos y de todos los discapacitados y abominaba de las teorías eugenetistas nacidas en la Europa del s. XIX por las cuales éstos “seres nacidos de prácticas sexuales abominables de sus madres” no tenían derecho a vivir, pues suponían un gasto social insostenible para el Estado. Bajo esas premisas, en Estados Unidos, Australia, Reino Unido, Noruega, Francia, Finlandia, Dinamarca, Estonia, Islandia y Suiza, se habían “eliminado” a miles de discapacitados en la primera mitad del s. XX. Luego el nazismo lo bordó cuando Hitler decretó la castración y/o eliminación masiva de las "vidas indignas de ser vividas" (en alemán, Lebensunwertes Leben).
Lejeune había demostrado el origen científico de la discapacidad, quería y creía en su curación. Por ello, cuando en los 70 en Francia y en medio mundo se anunciaban los proyectos de ley del aborto eugenésico, se opuso con firmeza e inició un ciclo de conferencias internacionales en las que defendió con vehemencia sus ideas. Pero, ¡ah, amigo! ¡Con lo políticamente correcto hemos topado! A las pocas semanas de mostrar su rechazo frontal al aborto eugenésico, se le daba la espalda en las comunidades científicas de prácticamente todo el mundo. Tras su última conferencia en la sede de la OMS, escribió un telegrama a su familia: “Queridas, me acabo de jugar mi Nobel”.
Tenía razón, y como decía hace unos días un colega-opinador de Bajo Aragón Digital, había molestado a los intransigentes. Nunca se lo dieron.
Lo políticamente correcto gira como la palma del Giraldillo, según sopla el viento de los tiempos, ora de la izquierda, ora de la derecha. Quien se declaraba ateo, no hace tanto, se quedaba sin trabajo. Jérôme perdió su Nobel y a sus presuntos amigos. Es el cuento del Patito Feo y quien se sale del carril que marca la doctrina de turno, siempre acaba sufriendo.
