Opiniones

José Antonio Calvo. Arde Roma

  Se acercaba la “hora duodécima”, la de la puesta del sol en el antiguo horario romano, cuando un grito desgarrador rompió la quietud del atardecer del  18 de julio del año 64: ¡Arde Roma! Cerca del Circo Máximo, en el barrio de los aceiteros, las llamas devoraban tenderetes y viviendas y así iban a seguir de forma imparable durante cinco días. De los catorce barrios de Roma, cuatro iban a quedar arrasados y siete más dañados. En total iban a arder más de cien “domus” (casas ajardinadas donde vivía la gente pudiente) y más de cuatrocientas “insulae” (bloques de pisos donde vivía el común). Durante esos días una multitud humeante y hambrienta vagaba por la ciudad buscando cobijo. El Emperador Nerón ordenaba abrir los vastos jardines palaciegos permitiendo que se fueran refugiando allí las familias, repartiendo agua y alimentos mientras sus arquitectos ponían en marcha un elaborado plan de socorro que iba a ser pagado de su propio bolsillo. ¿Qué había ocurrido? 

En toda desgracia, personal o colectiva, pasado el peligro inicial el ser humano necesita desahogarse buscando culpables. Durante siglos la imagen de Nerón descrita por Suetonio tocando la lira y contemplando las llamas desde su palacio ha vivido en la memoria colectiva del pueblo y Hollywood nos la ha refrescado de vez en cuando, apuntando a Nerón como malvado artífice del incendio. Pero según escribe el riguroso Tácito, el pueblo romano en absoluto culpó en un principio a su Emperador de la desgracia y el tema de los cánticos y la lira, según el cronista, fue un camelo. De hecho afirma que Nerón en esos días estaba en Anzio y se apresuró a regresar a Roma para ayudar a las víctimas, cosa que encaja mejor con los actuales descubrimientos arqueológicos. Pero como más vale prevenir, el Emperador decidió matar dos pájaros de un tiro y a la vez que se sacudía las sospechas de encima, atacaba a un molesto grupo cada vez más numeroso en Roma, los “cristianos”, mandando correr la voz de que habían sido ellos, esos impopulares chalados que predicaban memeces revolucionarias tales como que“todas las personas eran iguales ante su Dios, independientemente de su alcurnia (¡ahivá!), incluidos los esclavos (¡pero bueno!) o que “las mujeres, los niños ¡y hasta las niñas! eran tan personas como los romanos varones adultos” (¡pero de qué van!). Así que para descargar la ira del pueblo enfocó la suya propia hacia los cristianos y tras las detenerlos en masa organizó un sinfín de macabros festejos en los que se los dio de merendar a las fieras o los convirtió en farolas humanas embadurnadas de brea que mientras ardían iluminaban los festejos de las calles de Roma.

Y es que lo de echar la culpa al prójimo para apartar de uno mismo las miradas iracundas de los demás o para quitarse responsabilidades de encima, es tan antiguo como la humanidad y sigue funcionando como el primer día. La historia está repleta de terribles ejemplos: la culpa es de los judíos; de los bosnios; de los hutu… Pero si bajamos de las severas cumbres de la historia a las sencillas vegas de nuestras vidas cotidianas, las culpas comunes que echamos sobre los demás son para reírse, por no llorar: al zagal me lo han echado a perder las malas compañías; yo no sería violento contigo si tu fueras de otra manera; no puedo adelgazar porque me pones de los nervios; he suspendido por que el profesor me tiene manía. Y la “top”: la culpa ha sido del árbitro.

Compartir

Otros artículos de opinión

Image