Érase una vez un pacense de 27 años que, tras haber pasado un año entero explorando las costas del Caribe, había decidido cambiar la difícil vida del explorador por la más tranquila de hacendado. Así que con las ganancias obtenidas en sus aventuras compró una finca en La Española (actual Rep. Dominicana/Haití) para dedicarse a la agricultura. Pero el asunto de los cultivos y el de la cría de ganado no encajaban bien con su genio y en unos años la explotación fracasó, perdiendo el joven hasta los calzones. Perseguido a estaca por varios acreedores, salió por piernas y se embarcó escondido en un barril junto a su perro “Leoncico” en una expedición hacia San Sebastián de Urabá. Los gemidos de hambre de Leoncico lo delataron y ambos fueron descubiertos en el barril lo que convertía a los polizones en comida para tiburones. Pero el intrépido extremeño, en vez de acoquinarse, empezó a hacer aspavientos y a derramar por su boca una catarata de palabras contando al capitán y a la tripulación que él conocía como la palma de su mano las tierras a donde se dirigían, lo que le libró, junto a las piruetas y monerías de su perro, de ir a parar al estómago de los escualos. Así que en vez de ser arrojado por la borda, se convirtió en guía principal de la expedición una vez tocaron tierra. El intrépido polizón no era otro que Vasco Núñez de Balboa. Tras ser nombrado primero alcalde de Santa María y luego gobernador de Veragua, se dedicó a lo que realmente le iba, la exploración y la conquista y antes de los cuarenta alcanzó el éxito más importante de su andadura: el descubrimiento del Océano Pacífico.
El deseo de conocer ese “otro lado del Mundo” y de llegar desde allí a las verdaderas Indias Orientales (India, China) hizo que se convirtiese en obsesión de las monarquías occidentales el hallar la forma de crear un paso navegable por el istmo recién descubierto, evitando así tener que rodear toda América del Sur. La más poderosa de ellas, el Imperio Español de Carlos V, tomó la iniciativa, y el Emperador, siguiendo los consejos de su abuelo, nuestro maño Fernando el Católico, que años antes había intuido con clarividencia la existencia de un océano al otro lado del Nuevo Continente, ordenó al Gobernador de Panamá, tal día como hoy, el 20 de febrero de 1524, “el estudio científico de la creación de un canal navegable a través del río Chagres, que una el Mar del Norte (O. Atlántico) y el Mar del Sur (O. Pacífico), cortando un pedazo de tierra en algún sitio de Panamá”. El regidor de Panamá, Pascual de Andagoya, en 1534, envió al Emperador un informe del todo desfavorable, arguyendo que se trataba de una obra gigantesca y que “no había dinero en el mundo para realizarla”.
La tecnología de la época hizo inviable el proyecto. Hay quien dice que Felipe II desistió definitivamente argumentando “lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. El caso es que el asunto del canal cayó en el olvido,hasta que los escoceses lo reintentaron en 1699, fracasando por completo y dejando tras de sí un cementerio con 400 tumbas. Los franceses, altivos como gallos tras la hombrada del Canal de Suez, lo intentaron a finales del XIX. Las enormes dificultades de la empresa y una buena dosis de corrupción (a ver si alguien hace por ahí unos guiñoles, in memo-riam) acabaron con el que se iba a llamar pomposamente “el Canal Francés”. Los derechos de cons-trucción y explotación del Canal fueron cedidos al gobierno de EEUU, que con audacia lo sacó adelante y por fin, el 15 de agosto de 1914, el buque Ancón lo navegó inaugurando oficialmente el Canal de Panamá.
Un rey visionario, un joven intrépido y carismático, un emperador tenaz, un pueblo aventurero y valiente. Esas eran nuestras luces, las que iluminan los 80 kms. del Canal de Panamá, una de las mayores infraestructuras construidas por el hombre, luces que me encanta divulgar y compartir. Nuestras sombras, que como todos los pueblos, las tenemos, ya las airean algunos gabachos celosos, no pocos foranos y demasiados propios.
