
En las postrimerías del s. XIX Chicago, la segunda ciudad más populosa de los Estados Unidos, era una urbe abarrotada. En sus áreas marginales se hacinaban decenas de miles de familias obreras, la mayoría campesinos y cow-boys venidos del mítico Lejano Oeste y de las tierras de Sur, acompañados por no pocos emigrantes europeos que habían cruzado el océano en busca de trabajo en el País de las Oportunidades.
La Revolución Industrial había traído en todo el mundo unas condiciones laborales rayanas en la esclavitud, en las que hombres, mujeres y niños se dejaban el pellejo trabajando de 18 a 20 horas diarias sin descanso, los siete días de la semana. La presión brutal sobre la clase obrera había hecho surgir en todo el mundo todo tipo de organizaciones sindicales, desde las puramente reivindicativas a las vinculadas a ideologías de izquierdas, de derechas, anarquistas y religiosas. En los Estados Unidos en aquellas fechas, la “Noble Orden de los Caballeros del Trabajo” y la “Federación Americana del Trabajo (AFL)” agrupaban a la mayoría de los afiliados. La AFL en su cuarto congreso, había acordado dar curso a la vieja reivindicación obrera de “ocho horas para el trabajo, ocho para el descanso y ocho para el tiempo libre” y habían lanzado un ultimátum por el cual a partir del 1 de mayo de 1886, ayer hizo 126 años, la duración legal de la jornada laboral tendría que ser de ocho horas. Si no, empezaría una huelga general en todo el país. A parte de reivindicar el natural derecho al descanso y al tiempo libre, se perseguía el que la medida aumentara la contratación de mano de obra en las grandes factorías con instalaciones de funcionamiento continuo. Unos meses antes el presidente A. Johnson, intentando evitar la huelga, promulgó una ley que regulaba la jornada de ocho horas. Desgraciadamente muchos Estados se la saltaron a la torera y las condiciones laborales permanecieron iguales. De forma irremediable, el sábado 1 de Mayo empezó la huelga.
Doscientos mil trabajadores la secundaron en primer término y otros tantos plantearon seriamente a la patronal la amenaza de paro si no se avenían a firmar la jornada de ocho horas. En Chicago las movilizaciones siguieron durante el domingo y la policía disolvió por la tarde con contundencia una concentración de unos 50.000 trabajadores. El lunes se celebró otra concentración frente a la fábrica McCormick, la única que trabajaba en la ciudad. Cuando salieron los esquiroles, la multitud se abalanzó sobre ellos y comenzó una batalla campal entre los manifestantes y la policía que trataba de evitar su linchamiento. Todo terminó cuando un grupo de antidisturbios abrió fuego contra la multitud. El balance, seis muertos y docenas de heridos. Al día siguiente se convocó un acto de protesta en Haymarket Square. La alcaldía dio permiso, con tal de que la manifestación se retirase al caer la noche. A las 21:30 el alcalde dio por terminado el acto, pero los obreros no se movían, por lo que la policía empezó las cargas. Una bomba estalló en medio de una patrulla, matando a un oficial e hiriendo a varios otros. Varios agentes abrieron fuego contra la multitud produciendo un número indeterminado de muertos y heridos.
Tras la declaración del estado de sitio y del toque de queda, la maquinaria represiva del Ayuntamiento y del Estado se puso en marcha, y una oleada de detenciones acabó con centenares de obreros en las comisarías, donde muchos de ellos fueron apaleados en los interrogatorios. La gran prensa, en manos de familias de la alta burguesía, reclamaba con insistencia un juicio sumario contra los responsables y se montó un proceso judicial que por sus procedimientos y garantías resultó ser, a todas luces, una farsa. Se sentó en el banquillo a 31 acusados. Durante dicho proceso su número se redujo a ocho reos, curiosamente cinco de ellos alemanes, periodistas del Periódico de los Trabajadores de Chicago (Arbeiter Zeitung). Alguien tenía que cargar con el muerto, y si era “forano”, mejor. Cuatro germanos fueron ahorcados. También lo fue el periodista estadounidense Albert Parsons que, aunque no había estado en la revuelta, se entregó solidariamente para estar con sus compañeros y fue juzgado igualmente. Uno de los periodistas que iba a pasar a formar parte de los “Mártires de Chicago”, el alemán de 31 años August Spies, vestido con su mortaja blanca y con la soga al cuello, dijo desde el cadalso: “"la voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora».
Descansen en paz quienes lucharon por nuestro descanso.
