Opiniones

José Antonio Calvo. El fin de los Templarios

  En la madrugada del 13 de octubre de 1307, hace hoy 704 años, se producía la detención de los templarios de Francia, ordenada por el rey Felipe IV ”el Hermoso”.
La orden del Temple había sido fundada casi dos siglos antes por ocho caballeros franceses que habían decidido tomar los hábitos y usar sus artes guerreras para defender a los peregrinos cristianos en Tierra Santa, acosados continuamente por feroces bandas de sarracenos. El Temple se hizo muy popular y llegó a estar formado por más de veinte mil voluntarios que participaron muy activamente en las Cruzadas y en la Reconquista de España. A parte de sus gestas de armas había comenzado a la vez a hacer pequeños préstamos a los peregrinos que habían sido robados y en unos años desarrollaron un auténtico emporio financiero inventando el primer cheque bancario conocido. Podías ir con un documento firmado por la Orden en Jerusalén y cobrarlo en Castellote. Gracias a una seria y eficaz administración de sus bienes llegaron a mover un inmenso capital, financiando la construcción de setenta iglesias y ochenta catedrales en la cristiandad, siendo la preciosa Iglesia de Bordón un buen ejemplo. El antiguo templo de piedra “tosca” luce en la clave de la cúpula de la capilla antigua del Sagrario la cruz paté de los Templarios y en otra capillita oculta en la torre luce también la “Tau”, otra cruz propia de la Orden a la que se atribuyen significados esotéricos. La Orden no tardó en empezar a hacer préstamos a nobles y reyes, hasta que tropezaron con el codicioso Felipe IV de Francia que decidió que eliminar al acreedor, era mejor que pagar las letras. 
Así que sin pensarlo mucho, tras doblegar la voluntad del Papa, les echó encima a su, por llamarlo así,  ministro “del interior”, el eficaz Guillermo de Nogaret, que tal día como hoy ejecutó la orden en una operación policial coordinada y simultánea que en una época sin teléfonos, móviles, faxes ni satélites es considerada de una maestría demoníaca. Durante meses y en secreto Nogaret preparó una acusación de 127 puntos que abarcaban pactos secretos con los moros, ritos de iniciación diabólicos, prácticas sexuales sodomitas, blasfemias a la Cruz, violación de los sacramentos, en fin, un menú apetitoso y variado de 127 mentiras fabricadas a medida de las voraces tragaderas del populacho de la época. Con todo el paquete, montó un circo mediático a base de predicadores comprados que repartió por los cuatro puntos cardinales de Francia y que tenían que empezaran a envenenar la opinión pública inmediatamente antes de que empezaran las detenciones de los, hasta ese momento, admirados Templarios. Así que aquél “viernes 13”, de ahí viene la superstición de ése día como fecha de mal augurio, empezaron los sorprendidos frailes a ser arrestados en sus encomiendas y, creídos de que se trataba de un error, los temibles guerreros vencedores en mil batallas fueron conducidos dócilmente a las mazmorras, como corderos al matadero. En las cárceles estaba dada la orden de comenzar de inmediato los interrogatorios con las torturas más feroces, de hecho mataron la primera noche a más de treinta, y los demás, a mitad de suplicio, admitieron bailar con el diablo, comer niños crudos, o lo que hiciera falta. Siete años después, la Orden había sido aniquilada y su último Gran Maestre, Jacques  de Molay, quemado en la hoguera a las puertas de Nôtre Dame de París. Cuando las llamas empezaron a prender en sus hábitos, proclamó a gritos su inocencia y la de la Orden y maldijo al Rey “hermoso”, al Papa y a Nogaret, emplazándolos a rendir cuentas antes Dios antes de un año. La maldición se cumplió y antes del año murió el Papa, el Rey lo hizo durante una cacería y el oscuro ministro Nogaret murió envenenado.
Qué frágil es el pueblo ante la fuerza de las mentiras orquestadas por los poderosos. Qué fácil resulta elevar a alguien a los altares o hundirlo en la miseria usando solo con unas cuantas falsedades bien manejadas por el poder y los medios, da igual hace 700 años u hoy mismo. Único remedio: leer y viajar.

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