
Corría a trompazos el siglo XIX en ésta España nuestra y, recién echados los gabachos y aún sin cerrar las heridas que había dejado la Grande Armée, como si eso de vivir en paz no fuera con nosotros, la liábamos parda con las Guerras Carlistas y ¡hala! a morir y a matar otra vez, que si no nos matan los foranos alguna forma encontramos siempre para matarnos nosotros mismos. Acabadas las contiendas, el sufrido pueblo se enfrentaba al viejo problema del bandolerismo, agravado por la proliferación de partidas de guerrilleros que no encontraban, o no querían encontrar, acomodo ni en el ejército regular ni en la vida civil. Lejos del halo de romanticismo que a algunos poetas les despertaba la robinjudiana imagen del bandolero, el encontrarse con la partida del Tempranillo, la del Tragabuches o la de los Siete Niños de Écija no debía de ser una experiencia muy grata. Mi abuelo contaba como, depués de dos meses segando a lomo caliente lejos de casa para ganar un duro de plata, jornal que iba a permitir subsistir a la familia, vecinos suyos habían sido asaltados en su viaje de vuelta a casa y habían regresado con lo puesto, y agradeciendo a Dios el estar vivos.
Disuelta la Santa Hermandad, organización de orden público formada por ciudadanos armados pagados por los concejos que venían funcionando desde su creación por los Reyes Católicos, los “malhechores reclamados en pliego y bando”, de ahí su nombre “bando-leros”, campaban a sus anchas. La presión popular hizo que el gobierno se planteara la creación de un cuerpo armado al estilo de las gendarmerías europeas, germinando la “Legión de Salvaguardias Nacionales” que derivaría, tal día como hoy, el 28 de marzo de 1844, en el decreto preliminar de fundación de la Cuardia Civil. El 2 de mayo fue nombrado su primer Director General, el Duque de Ahumada, que organizaría un nuevo cuerpo “de naturaleza militar sujeto al Ministerio de la Guerra en lo concerniente a organización, personal, disciplina y percibo de haberes, y al de Gobernación en cuanto a servicio y movimientos”. Como me dijo un veterano jefe retirado, “si te parece poco aguantar a un ministro, yo llevo toda la vida aguantando a dos”.
Apenas cuatro meses después de la fundación, el nuevo cuerpo policial se apuntó su primer éxito repeliendo en Navalcarnero el intento de asalto a la diligencia de Extremadura. En 1847 tendría lugar su primera misión internacional, ayudando al vecino Portugal, en guerra civil, que había solicitado la ayuda de España. Una unidad de Caballería de la Benemérita se encargó de garantizar la seguridad ciudadana en la ciudad de Oporto. Inmediata fue también la aplicación de su vertiente de unidad de protección civil, Ya el artículo 8º del Reglamento para el Servicio decía, en el estilo de la época: “ El guardia será siempre un pronóstico feliz para el afligido, infundiendo la confianza de que a su presentación el que se crea cercado de asesinos, se vea libre de ellos; el que tenga su casa presa de las llamas, considere el incendio apagado; el que vea su hijo arrastrado por la corriente de las aguas, lo crea salvado; y, por último, siempre debe velar por la propiedad y seguridad de todos.”
En nuestros días, una moderna Guardia Civil diversificada en unidades de rescate de montaña, helicópteros, buceadores, delitos informáticos, etc., es merecedora de un prestigio internacional que se vivió hace un par de años de forma especialmente intensa en Afganistan, vean si no la carta de un guardia a sus compañeros tras la muerte, por parte del Taliban, de dos guardias civiles en Qala i Now en agosto del 2010. << Ésta mañana el pequeño grupo de Guardias Civiles destacados en Mazar e Sharif hemos decidido pedir permiso para cambiar la bandera de EEUU que ondea en la base, e izar la española a media asta en señal de duelo por nuestros compañeros muertos. El Jefe de la Base ha accedido un poco extrañado, pues era la primera vez que esto ocurría.
Al anochecer, hemos ido a formar los cinco para arriarla y rendir una pequeña oración. De pronto, de forma voluntaria, de entre las sombras han empezado a llegar, sin previo aviso, un comandante francés juntos a su dotación de gendarmes, seguido de una veintena de US Marines, polacos y holandeses. Todos se han ido colocando, en silencio, alrededor del mástil, para cuadrarse. No ha habido corneta ni himnos; no ha habido orden previa ni ensayos, tampoco prensa o autoridades. Solo unas palabras sentidas que a duras penas han sido pronunciadas en su memoria, seguidas de un silencio desgarrador mientras se arriaba nuestra bandera >>.
Aunque cuando nos retrata el radar y nos aplican “la receta” nos pica a todos como un grano en las asentaderas, ¿quién no vive más tranquilo teniendo un cuartelillo en el pueblo? Ya sabemos todos quién.
