Como todos los años, cuando el trabajo me lo permite, me voy unos días a alguna Unidad Militar a poner mi granito de arena como Reservista Voluntario. Las Fuerzas Armadas andan justitas de personal sanitario, así que la colaboración de los ciudadanos por medio de la Reserva Voluntaria en éste campo es especialmente agradecida. Éste año me toca la Unidad Militar de Emergencias con base en Zaragoza, a donde he ido con la máxima que siempre llevo en la cabeza cuando me incorporo en cualquier unidad: aprender mucho, ayudar en lo que pueda y estorbar poco.
Básicamente la UME divide el año en tres temporadas: nieve, inundaciones e incendios. Ahora en junio, llega el cambio y las unidades se preparan para tocar en clave de “incendios” y relegar a un segundo plano relativo los materiales y los protocolos del tema “inundaciones”.
La UME impresiona cuando se mueve: los vehículos de mando van seguidos de los todorreneno de comunicaciones con sus antenas desplegadas en el techo capaces de comunicarse con y de hacer hablar entre sí a medios tan dispares como Protección Civil, Guardia Civil y policías, aviones y helicópteros de extinción de incendios, bomberos locales… Les siguen las poderosas motobombas, las UVIs-móviles todoterreno, y un sinfín de camiones con personal y medios de rescate diurno y nocturno capaces de afrontar cualquier desastre.
Pero lo que más impresiona es su gente, proveniente de todas las armas del Ejército de Tierra, mujeres y hombres con una preparación y una entrega solo comparable con su modestia a la hora de afrontar las difíciles situaciones materiales y humanas que traen los terremotos, los incendios o los aludes. Todos manejan con maestría los primeros auxilios y hay una pléyade de expertos en incendios, desescombro, extricación de víctimas, buceadores, esquiadores y alpinistas de rescate, informáticos y expertos en comunicaciones, ingenieros, sanitarios…
No poca gente me ha dicho que los ejércitos no deberían existir. Ya puestos, tampoco la policía ni los vigilantes de seguridad privada. Ni las cerraduras en las casas o en los coches, ni las rejas en las ventanas de nuestros “masicos”. Ni las cimentaciones antisísmicas, ni las defensas en nuestros cuerpos, en un mundo sin mala gente, sin terremotos y sin virus. Pero ese no es nuestro mundo. Y aunque luchemos por que alguna vez lo sea, mientras llega, ahí está la UME, para servir.
