Hace 1218 años, en éste mismo mes que se nos va con un calor de aupa, los vikingos saqueaban el monasterio de Lindisfarne, en Inglaterra, siendo el primer ataque de éstos pueblos del norte conocido en Europa. Hasta ese año, el 793, los nórdicos habían comerciado pacíficamente por todo el Orbe Romano, pero la caída del Imperio y la pérdida de su tutela en la unidad de mercado provocó la ruptura de los viejos pero eficaces esquemas comerciales, la Pax Romana desapareció y con ella la seguridad de las antiguas rutas, decayó el comercio y brotaron como la mala hierba las hambrunas, especialmente en el frío norte de Europa.
Tras los muros de los monasterios ingleses seguía reinando la paz y el orden. La comida era abundante y en no pocos se guardaban reliquias y enjoyados ornamentos sacros. La mayoría de ellos estaban situados en puntos cercanos a la costa, rodeados de pacíficas aldeas y alejados de ciudades armadas. Aunque muchos estaban fortificados, los monjes eran pacifistas y carecían de armas. Una perita en dulce para los piratas vikingos. En aquél lejano junio, protegidos por la noche, arribaron sigilosamente a la costa inglesa en sus drakkar, sus temidas embarcaciones ligeras. Con las primeras luces del alba los vikingos cayeron sobre las aldeas cercanas matando, violando y quemando para después asaltar el monasterio y pasar a cuchillo todo aquél que se les ponía por delante. Alcuin, un monje de aquella época, relata lo siguiente: "Nunca antes tal terror había aparecido en Britania como el que ahora sufrimos de esta raza pagana... Los paganos derramaron la sangre de santos en el altar, y profanaron su cuerpo en el templo de Dios, como estiércol en las calles". Los vikingos apenas hacían prisioneros. Cargaban en el barco todo el oro y joyas de los objetos de culto, víveres y ganado robado y en todo caso unas cuantas adolescentes y algunos jóvenes para “usarlos” y luego venderlos como esclavos.
El éxito de la cacería de Lindisfarne pronto se corrió por toda Escandinavia y antes de un año ya habían saqueado otros monasterios en Inglaterra, Escocia e Irlanda. Con sus ágiles barcos los vikingos vieron que les era muy fácil remontar los ríos, en cuyas orillas se asentaban los principales cenobios de Europa, y en unos años sus flotillas habían asolado los del Loira y el Sena. Puestos a echarle narices, las llamadas “bestias del norte” en el 844 llegaron a la desembocadura del Tajo y atacaron Lisboa para después remontar nada menos que el Guadalquivir y atacar la musulmana Sevilla, saqueándola y quemándola de arriba abajo antes de acampar frente a sus ruinas y dedicarse al saqueo y a la juerga por todo el valle del río. Unos meses después Abderramán II, ciego de ira, hizo “que el cielo cayera sobre ellos” y su ejército atacó matando a casi todos. A unas decenas de supervivientes se les dio cuartel, siempre que se convirtieran al Islam, y se les dejó vivir a lo largo del valle del Guadalquivir. Hay quien dice que por eso en aquellos pueblos abundan las rubias y los rubios. En lo que nos toca a los maños también remontaron el Ebro y pasearon sus drakkar por delante de Zaragoza, aunque la consideraron inexpugnable y la dejaron atrás. Remontaron el río Aragón y alcanzaron Pamplona, saqueándola y quemándola hasta los cimientos.
La huella que dejaron los terribles ataques y saqueos vikingos en Europa aun perdura y el estereotipo del rubio enorme cubierto con un casco con cuernos atacando con un hacha ha estado en las pesadillas de sus pobladores durante siglos. De hecho, cuando voy a alguna concentración Harley y aparecen los moteros nórdicos con sus chopper negras y sus barbas y melenas emergiendo de sus casos, algún gen atávico se me activa y siento un leve escalofrío recorriendo mi nuca.
