Tal día como hoy, hace 116 años, fallecía en un pueblo al oeste de París el científico Louis Pasteur, considerado el descubridor de los microbios. El zagal, que era un estupendo dibujante, no era brillante en sus estudios. De hecho, sacó una nota mediocre en química. Dada su habilidad con los lapiceros, soñaba con ser profesor de dibujo, pero a su padre, curtidor y antiguo sargento del ejército de Napoleón, no le debía hacer gracia la vena artística del chico, así que lo mandó a París a hacer un bachiller “en condiciones”. Louis, nada aficionado a la capital, se le volvió a casa con una depresión como la Torre Eiffel y con los estudios sin acabar. Pero un sargento de la Grande Armée era mucho sargento, así que a base de machacar, el padre re colocó al chico en París y, ésta vez sí, el joven Pasteur cogió carril y terminó ¡dos! bachilleres, el de letras y el de matemáticas, devorando además con entusiasmo cursos de química y física en La Sorbona. Así que a los 30 años el mediocre alumno era doctor en química.
Desde Aristóteles se creía en la teoría de la “generación espontánea”, por la cual la vida nacía de forma automática de lo muerto y lo podrido. Sencillo: de un trozo de carne podrida, nacían gusanos. Esto se explicaba por que si se juntaban elementos como la tierra, el aire, el calor y el agua sobre una materia, comenzaba el proceso de la putrefacción que activaba “el principio vital” y surgía la vida. Pues bien, Pasteur demostró con su microscopio que eso no era así, sino que existían unos organismos vivos, invisibles por su pequeñísimo tamaño, los “microbios” que eran los que iniciaban el proceso de podredumbre y de los cuales se generaba la posterior vida. Así estableció el principio de “todo ser vivo procede de otro ser vivo”. Aún llegó más lejos: existían microbios buenos y microbios malos, los “patógenos” y explicó que las enfermedades no venían de las maldiciones, del infortunio o del diablo, si no del contacto con esos diminutos seres que podían estar en cualquier utensilio, paño o en nuestra propia piel. De hecho, demostró que se les podía matar calentándolos hasta los 50º, por lo que el proceso de calentar algo para eliminar los patógenos se llama “pasteurización”. A la luz de sus teorías, a parte de hervir paños y materiales, muchos cirujanos comenzaron a lavarse las manos antes de operar o atender un parto, acabando con la casi segura muerte por gangrena que suponía el entrar en un quirófano. Sus investigaciones le llevaron al mundo naciente de las vacunas, desarrollando las primeas vacunas de gérmenes debilitados, entre las que están las del cólera y la rabia.
¿Cuántas vidas debe la humanidad al joven hijo de un curtidor, mediocre en sus estudios? Incontables. Ahora que el curso lleva ya unas semanas rodando, la historia de Pasteur debe de darnos ánimo a todos los alumnos (yo lo soy) a los que parece que nos cuesta arrancar y mantenernos a flote; ánimo a los profesores y profesoras y, sobre todo a los padres y madres que, como el sargento de Napoleón, no tiró la toalla y a base de achuchar y achuchar, ayudó a sacar lo mejor de su hijo.
