
Tal día como hoy en 1992 se firmaba el Tratado de la Unión Europea o Tratado de Maastrich, nombre de la ciudad Holandesa que albergó el evento. Dos Reyes, tres Reinas, un Gran Duque y seis Presidentes de República habían designado a sus Ministros Plenipotenciarios para la firma: Fernández Ordóñez y Carlos Solchaga por parte de España. Se ponía fin así al viejo Tratado de París de 1951 en el que había nacido la Comunidad Europea del Carbón y el Acero y a los posteriores de Roma y del Acta Única Europea. Por fin parecía cumplirse el sueño de Monnet y Schuman de que, acabadas las dos Guerras Mundiales, los ciudadanos de los países de éste viejo rincón del mundo íbamos por fin a dejar de darnos estocadas y de pegarnos tiros e íbamos a emprender un camino de paz, unidos no solo por intereses económicos, sino también por intereses políticos. A la “Europa de los Mercaderes”, la CEE, se le quitaba la E de “económica” y pasaba a llamarse CE (Comunidad Europea).
El Tratado, inspirado en un preámbulo impecable en sus intenciones, como suelen ser siempre los preámbulos de lo político, nos recordaba la inequívoca apuesta de Europa “por los principios de libertad, democracia y respeto a los derechos humanos, por las libertades funda-mentales y por Estado de Derecho”, mientras dejaba la puerta abierta al alumbramiento de la Política Europea Común de Seguridad y Defensa y al Euro.
Así que dicho y hecho. Para poner en marcha ese Superpaís de Jauja se empezó a dar de comer a un monstruo burocrático de tres cabezas (Comisión, Parlamento y Consejo) sobre los hombros de un cuerpón de luchador de Sumo de 54.000 funcionarios entre permanentes, temporales, expertos, técnicos, externos y “fuera de balance”, de entre los cuales trescientos, “los 300”, sin Leónidas a la cabeza, cobran más que el Primer Ministro de Inglaterra. Toda ésta ilustre “peña” sirve en tres “masicos-palacio” (no es coña, yo tengo un amigo que tiene uno en la huerta) en los que una pléyade de comisarios, parlamentarios y consejeros pululan comisionando, parlamentando y aconsejando, volando algunos de ellos dos veces por semana a sus hogares en sus respectivos países. De entre todos unos pocos, y a nuestro cargo, no osan volar en primera, sino a todo trapo en “bisnesclás”, para “prevenir la trombosis”, como tuvo la jeta de decir un eurodiputado en la tele. La broma nos cuesta éste año 147 mil millones de €. No lo pongo en pesetas por no agotar el folio ¡Si Carlomagno levantara la cabeza! Y ahora, 20 años después, las preguntas del millón: ¿Somos los Europeos más ricos tras Maastrich y el €? No sé, no sé…Yo diría que el crujido de la llamada “Moneda Europea de las Prisas” ante la actual crisis, parece ponerlo en duda. ¿Nos sentimos los europeos más seguros y mejor defendidos? No sé, no sé… Ya se vio en Yugoslavia que a la hora de la verdad, o acabas llamando al Tío Sam o se nos sube a la chepa cualquier canalla. ¿Estamos los Europeos más unidos, somos mejores y más felices? No sé, no sé… Con naciona-lismos radicales de izquierdas y de derechas surgiendo como setas venenosas en todos los bosques europeos, la corrupción galopando a sus anchas y los antidepresivos y ansiolíticos alcanzando récords de ventas...no sé, no sé...
Cuentan que Zeus estaba tan locamente enamorado de la bella princesa fenicia llamada Europa que había decidido convertirse en toro para, engañándola, raptarla y luego: seducirla si iba la cosa de pares, o violarla si iba de nones. ¡Quel cabronade!, que dice mi amigo Pierre. Mientras el dócil rebaño de iva-paganos consentimos, callamos y apoquinamos ¿qué están haciendo con la princesita Europa nuestros Zeus políticos, financieros y poderosos en general desde sus Olimpos de Bruselas, Estrasburgo y Luxemburgo? ¿Seducirla o abusar de ella? No sé, no sé…Pobre Europa.
