Opiniones

José Antonio Calvo. Miguel Servet

  Hace hoy 458 años, el mañico de Villanueva de Sigena, Miguel Servet, era  quemado vivo en Ginebra.

De críos en la escuela, se nos contaba que el tal Servet, cuyo nombre figuraba en la fachada de “La Casa Grande”, el hospital mayor de Zaragoza, había sido “un médico aragonés que había sido ejecutado por la Iglesia por descubrir la circulación de la sangre”, algo tan pobre como decir que la naturaleza se divide en árboles, matas y bichos.

En realidad, el hijo del notario del Monasterio de Sigena, era un joven, por describirlo de arriba abajo, con una mente clara como el agua de los Fontanales, un corazón para trabajar como el de un percherón y unos redaños, a juzgar por su biografía, como melocotones de Calanda, que Dios me perdone. Y si no, pasen y vean:

Enamorado de la Teología, a los 13 años dominaba el latín, el griego y el hebreo y a los 19 era un refutado teólogo que debatía con el mismo Lutero, el cual, por cierto, le llamaba “el moro”. Defendiendo sus ideas, no tardó en granjearse no pocos enemigos en toda Europa. A los 20 años publicó “De Trinitatis Erroribus” (De los errores acerca de la Trinidad) y valientemente firmó la obra con nombre y apellidos. En ella sostenía que el sagrado Misterio era una falacia, llamándolo “cuento de tres fantasmas” o ”perro de tres cabezas”, entre otras lindezas. El escándalo que levantó en Suiza y Alemania fue monumental, pero ya se sabe, los maños no son tozudos, son las paredes que no se apartan, así que el mozo, por si el follón era poco, envió una copia al mismísimo Arzobispo de Zaragoza. En pocos meses, como era de esperar, protestantes y cristianos le enviaban “saludos” de sus inquisidores y verdugos, así que huyó a Lyon y se escondió allí. Trabajó como corrector en una imprenta y se hizo geógrafo hasta que, a los 25, se fue a París a estudiar medicina. En unos años había escrito todo un tratado sobre los jarabes y el llamado “doux savant espagnol” (dulce sabio español) impartía clases de matemáticas y medicina en aulas siempre abarrotadas.

Aunque no había dejado de meterse en líos con sus comentarios teológicos y sus publicaciones, empezó a preparar su obra cumbre “La Restitución del Cristianismo”, carteándose para su compostura con uno de los padres de la Reforma Protestante, el poderoso Calvino. Miguel Servet defendía, entre otras cosas, que el bautismo era cosa muy seria que debía hacerse en la vida adulta, no de niño. En el libro 5º, describía la circulación menor o pulmonar de la sangre y aseguraba que el alma humana residía en ella. Como ven, un importante hallazgo médico pero con un fuerte matiz teológico. Pese a las feroces críticas de Calvino y pese a los consejos de sus buenos amigos, el entonces cuarentón Servet comenzó a publicar su obra, firmando con ello su sentencia. Un año más tarde fue encarcelado por los inquisidores franceses. Era tan querido por el pueblo que cuentan que las autoridades locales y los propios carceleros le ayudaron a huir. No tardaron en echarle el guante de nuevo y ésta vez fue llevado a las mazmorras de Ginebra donde, tras ser sometido a terribles tormentos, fue sentenciado a muerte. Se montó una enorme pira en la Plaza de Champel y el monegrino fue encadenado a una estaca, siendo coronada su cabeza con una boina de paja untada en azufre. A su alrededor se amontonaron haces de leña verde, por deseo expreso de Calvino, “para hacer más lento y doloroso el suplicio”. Ni las bestias.

El legado que nos deja tan brillante aragonés no es baladí Todos sus estudiosos y seguidores a lo largo de éstos siglos coinciden en que la testaruda defensa de sus ideas desde su adolescencia hasta la misma hoguera, marcó un hito en el reconocimiento en todo Occidente de la libertad de pensamiento y de expresión. Nobleza baturra, sí señor.

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