Ayer por la tarde, gran parte del Bajo Aragón estuvo bajo el frío yugo de las primeras nieblas del otoño. Así que durante un ratico me senté en el sofá ante la tele y “zapine-ando” tropecé inevitablemente con varios programas de lo que se ha dado en llamar, con acierto, Tele Basura. ¡Vaya tela! Cabreado y con ardor de estómago me tomé un antiácido y, mira por donde, me vino a la memoria que un 28 de noviembre de 1930, hace hoy 81 años, José Ortega y Gasset publicaba en Madrid “La Rebelión de las Masas”.
En realidad, el nieto del fundador de “El Imparcial”, nacido y criado entre el olor a tintas y a papel en una familia completamente entregada al periodismo, llevaba más de una década colaborando con el periódico El Sol, donde había empezado a publicar La Rebelión de las Masas en fascículos. En la obra, Ortega crea conceptos sociológicos que siguen en plena vigencia y discusión. El principal, es el concepto sobrecogedor de “HOMBRE MASA”, aquél que nacido en una sociedad más o menos moderna y homogénea, políticamente estable e igualitaria, en una relativa abundancia, la llamada SOCIEDAD-MASA, crece y se desarrolla en el convencimiento de que la vida es fácil, que las limitaciones quedan lejos, que tiene en la mano todos los triunfos y que ejerce un dominio sobre todas las cosas. Tan bien le van las cosas que precozmente da por bueno su bagaje moral e intelectual y se cierra en sí mismo. No escucha a nadie ni admite otra formación que la que alimenta su propia vulgaridad, a la que defiende a capa y espada. El “humano-masa” siente desprecio por la trascendencia, por todo lo que signifique saber, por el altruismo o la caridad. Solo ambiciona su propio reconocimiento social dentro de la masa y hace de su falta de valores, de su la falta de proyectos vitales y de su desprecio violento por la historia y por los pilares culturales que la sustentan, su luz y guía. Frente a él, Ortega contrapone al hombre de las “MINORIAS SELECTAS”, como aquél con inquietudes y con capacidad de exigirse más, de formarse, de crecer en vida interior. El autor, agudamente, nos lanza una rápida advertencia para que no caigamos en una trampa conceptual bastante común: nada tiene que ver esto con las CLASES SOCIALES. No se trata de eso. Hay humanos-masa y humanos-selectos tanto entre los pobres como entre los ricos. De hecho, apunta a que las capas altoburguesas acomodadas pueden degenerar más fácilmente que las capas medias y ser fuente inagotable de individuos-masa de lo más tontusco.
Tras ésta descripción tan aguda, nos anuncia que el desastre social no llega por el hecho de la existencia de éstas categorías humanas, si no por que no pocos “humanos-masa” se creen “minoría-selecta” y su ansia de notoriedad los lleva a buscar compul-sivamente las parcelas del poder político, como las sangujuelas buscan las venas de un cuerpo vivo. Cuando las ocupan, la sociedad conocida muere y aparece un nuevo orden, cas siempre totalitario. Las matanzas y las décadas de sufrimiento que sobrevienen hasta que se revierten los términos y se crea de nuevo una sociedad democrática y justa, todos las conocemos. La lástima es que en ésta nuevas sociedades, salvo que se creen poderosos mecanismos de control e instituciones fuertes y que sus democracias acierten a elegir a gentes “selectas” en lo moral y lo intelectual, se empieza rápidamente a repetir el temible ciclo. ¿Podemos pararlo? En mi opinión, creo que en cada uno de nosotros vive un humano-masa y un humano-selecto. Quizás las respuesta esté en la antigua leyenda en que un joven jefe indio preguntaba al viejo chamán de su tribu cuál era el secreto para ser un buen hombre. El chamán le contestó que en todo ser humano vive un perro noble y bueno y un feroz y oscuro lobo, y que la vida de cada persona es el resultado de la lucha continua entre los dos. ¿Y quién vence? –preguntó el guerrero-- Aquél al que más alimentes, contestó el chamán.
