
Incomunicado
Doce y media de la noche, la llamada que estaba haciendo con el móvil se corta repentinamente. Intento marcar de nuevo, pero la pantalla táctil se ha bloqueado. Apago y vuelvo a encender. La noche es preciosa, la temperatura perfecta, el cielo luce imponente y la nevera está llena de Ambar fresquita: no hay razones para esbozar ni un mal gesto. El móvil se ha reiniciado pero la pantalla sigue sin funcionar, no reconoce mis dedos. ¿Se habrá soltado algo por dentro? Le doy unos apretones, lo agito un poco y reinicio de nuevo. Al cabo de unos segundos, idéntico resultado: el cacharro ha dejado de funcionar. Aquí no hay teléfono fijo, ni internet, ni ninguna wifi perdida en el éter: estoy incomunicado.
Me encuentro en una torre alejada de todo lugar habitado. Puedo gritar desaforadamente y nadie se percatará de ello. Es una bonita sensación, nadie a quien pueda molestar con mis ruidos, nadie que me pueda incordiar. Nadie que me pueda ayudar si lo necesito. ¿Pero lo voy a necesitar? También tendría que ser mala suerte, oye, que justo el día que me quedo incomunicado, que necesite ayuda. Y tampoco tengo internet, lo tenía con el móvil. Vaya, vaya... Nada, es igual, que no cunda el pánico, disfrutemos de la noche, una cervecita fresca y a gozar del momento.
Ya he disfrutado por lo menos tres minutos. Empiezo a estar inquieto. ¿Y si la persona con la que estaba hablando me ha intentado llamar y se preocupa ante el repetido mensaje “el móvil al que está llamando se encuentra apagado o fuera de cobertura”? Igual piensa que me había quedado sin batería. Pero ya ha pasado un buen ratico, suficiente para que se haya cargado algo y poder encenderlo de nuevo, ella sabe que no lo dejo apagado en situaciones como esta. Mmmmh... pues nada, no puedo hacer nada, me tendré que tranquilizar, que remedio.
No me tranquilizo. Ah, ahora me acuerdo, por ahí tengo el móvil viejo, voy a ver si puedo hacer un apaño y le cambio la pantalla táctil. Cojo los destornilladores de relojero, y al lío. Dos horas después, la mesa es un caos de tornillos y variadas piezas de móviles esparcidas: sigue sin funcionar. Son ya las tres de la mañana y el desánimo se apodera de mí. Me siento fuera a la fresca. La noche creo que sigue siendo hermosa, pero me doy cuenta de que ya no lo puedo apreciar. Confuso por la absurda situación, decido ir a dormir. Por la mañana iré a comprarme un nuevo móvil...
En el fondo es bueno que pasen estas cosas de vez en cuando. Sirven para darte cuenta de hasta que punto estamos pillados por la “necesidad” de estar comunicados permanentemente con el resto del mundo. Tener una herramienta de comunicación que te ayude cuando tienes un problema, es un avance social enorme. Depender de esa herramienta para todo, es nefasto. Creo que de ahora en adelante apagaré el cacharro algún rato al día, y aleccionaré a mis amigos para que no se preocupen si una voz les dice que mi móvil está apagado o fuera de cobertura.
