
La Campana de los Perdidos
La Campana de los Perdidos
Para los que no tenemos la fortuna de creernos que cuando nos llegue la muerte pasaremos a vivir eternamente felices en el paraíso (o quizá, en mi caso, a arder en el infierno), y no espero mucho más que, como decía Krahe, que las flores que saldrán por mi cabeza algo darán de aroma, para los descreídos, decía, buscar el sentido de la vida se convierte en una necesidad.
Y a estas altura del camino, ya he aprendido de qué va el juego este de la vida: se trata simplemente de vivir. Y en este juego hay que hacer el permanente esfuerzo de intentar llenarlo de buenos momentos, de momentos emocionantes, de momentos inolvidables. Porque si tenemos la inmensa suerte de que la parca se nos lleve siendo unos plácidos ancianos sin más energía que la necesaria para sonreír cada nueva mañana al sol, esos momentos vividos son la mochila a la que podremos echar mano para esperar la muerte con la satisfacción de que nuestro paso por la tierra ha merecido la pena. Ya sé que todo esto puede resultar muy obvio, pero es que, como decía un buen amigo, a las cosas que son demasiado obvias no les prestamos mucha atención, y son precisamente las que nos dan las respuestas más certeras, por muy obvias que sean.
Quienes leáis esto que como yo ya tengáis una edad, seguro que tristemente ya habréis sufrido la incomprensible situación de haber perdido a un ser amado que se ha ido antes de tiempo, sin que pudiera disfrutar de una muerte serena después de recorrer todas las casillas del juego. Y esa maldita suerte puede cruzarse en el camino de cualquiera de nosotros. De ahí la necesidad de sacarle el jugo a cada minuto del día. De nuevo muy obvio todo esto, pero no por ello menos necesario ser consecuente con ello.
Todo esto para decir que estoy muy triste. La Campana de los Perdidos, el bar de actuaciones en vivo decano de Zaragoza, va a dejar de ser lo que ha sido durante 27 años. Elena Orea y José Ángel Rodicio, Elena y Rodo para los que formamos la familia de La Campana, traspasan el negocio. Ahora no es el momento de hablar de las razones. Digamos simplemente que las “circunstancias” han dictado su sentencia. Cuando los sucesivos responsables que deben velar por la cultura se olvidan de ella, o lo que es peor, si cuando se acuerdan de ella es para hundirla aún más, las funestas consecuencias son inevitables. Nada, absolutamente nada que reprocharles a Elena y Rodo. Es más, recordando a Silvio Rodríguez y su famosa cita de Bertolt Brechet, realmente Elena y Rodo han caído con las botas puestas, y se han ganado de pleno derecho el pertenecer a ese selecto grupo de “...esos son los imprescindibles”.
Estoy profundamente triste, sí, y ya se me han saltado las lagrimas en numerosas ocasiones en los últimos días. Y más veces que me va a suceder a medida que se acerque el 30 de junio, día en el que O'Carolan baje el telón a estos 27 años. Pero también estoy muy alegre a la vez. No puedo sentir otra cosa que felicidad ya que durante muchísimos años yo he sido uno de los privilegiados que ha disfrutado de La Campana. Hacía memoria ahora, y soy incapaz de encontrar un solo momento vivido allí que me traiga recuerdos de tristeza. En La Campana, en mi segundo hogar como me gusta llamarlo, he vivido innumerables buenos momentos, momentos emocionantes, esos momentos inolvidables con los que he ido llenando mi mochila. Sin duda me sorprenderán de nuevo las lágrimas cuando durante este mes y poco que queda de Campana vayan pasando por el escenario algunos de esos seres que en tantas ocasiones nos han hecho sentir que la belleza existía y que nos envolvía a todos los que estábamos allí, en ese diminuto pero entrañable lugar. Daba igual que me tocara sentarme detrás de la columna que está en medio de la sala y que tuviera que cabecear de un lado al otro para ver a todos los artistas, o que me tocara ponerme detrás de los arcos haciendo estiramientos de tanto en tanto para no pillar una tortícolis, o incluso que terminara acurrucado en las escaleras casi sin poder ver nada, cuando felizmente la gente abarrotaba el local... daba igual el lugar, porque la magia impregnaba cada uno de los rincones y vericuetos de La Campana.
Pues sí, sólo puedo estar infinitamente agradecido a todos los que durante tantos años, a un lado o al otro del escenario, a un lado u otro de la barra, habéis ayudado a que mi mochila se fuera llenando de tanta felicidad. Hasta siempre, querida Campana.
