
Las procesiones y las iglesias
Estos días que han pasado desatan pasiones. 600 baturras contaba mi madre en la procesión del sábado, miles de tambores, y un buen número de cofrades y otros figurantes. Pero da igual que hablemos de Alcañiz, o de cualquier otro lugar del Bajo Aragón, o de cualquier parte de la geografía española, las cifras de entusiastas cómplices de la pasión de cristo se disparan. Y si nos vamos al sur, las manifestaciones de fervor cristiano llegan a tomar tintes épicos.
Lo curioso es que tras presenciar estas multitudinarias expresiones de religiosidad, tanto por los numerosos actores, como por los espectadores, choca el encontrarse domingo tras domingo las iglesias bastante vacías. Es obvio, pues, que todo este asunto de la semana santa se ha convertido simplemente en una forma de exaltación del ego patrio (patrio en el sentido del pueblo en el que uno echó raíces). Cada pueblo intenta presumir de ser los “más-mejores” en algo, de tenerla más grande que los vecinos, por así decirlo.
Pero es curioso también, que cuando desde aquí se observan las costumbres de otros, puede suceder que se llegue a denostarlas y menospreciarlas, tachando a esos seres poco menos que de primitivos. Es bastante común ver cómo se pone a parir a los musulmanes cuando celebran el Ramadán, por citar algo cercano. Eso sí, nuestras tradiciones que no nos las toque nadie, que son la ostia en vinagreta.
Hace poco más de cuarenta días, tuve que explicar a todos mis alumnos cuál era el origen del carnaval (ninguno en la clase lo sabía, lo prometo). Por un lado me dejó preocupado además de sorprendido, pero por otro me alegró. Vamos, que mientras la cosa siga en esta línea, vanalizando el verdadero origen de estas tradiciones despojándolas cada vez más de su origen religioso, yo estoy más tranquilo. Ya sabemos a dónde conducen los radicalismos y fundamentalismos.
