Opiniones

José Luis Pueyo

Labores útiles y otras que no

Fui a ver hace unos días la película “Silencio”, de Martin Scorsese. Desde mi humilde punto de vista, bastante recomendable, aunque también sea recomendable llevarse un colirio porque casi tres horas frente a la pantalla hacen estragos si tienes los ojos delicados. Pero ver esta película aún resulta más impactante si vienes de estar en contacto directo con una congregación religiosa durante varios días, como me sucedió a mí. No es que haya “apostatado” de mis no-creencias y haya pedido entrar en una de estas órdenes; simplemente es que mi madre, que está viviendo en “la residencia de las monjas”, en el Santo Ángel, se puso malica y he tenido que estar ahí haciéndole compañía unos cuantos días, bastantes horas al día.

La película (que no voy a desmadejar aquí) cuenta la historia de unos jesuitas que van a Japón allá por el año 1640 en busca de otro jesuita sobre el que se oyen rumores de que ha apostatado. La trama, interesante, sirve como soporte para mostrar las persecuciones que sucedieron en aquella época contra los cristianos que habían ido “floreciendo” en ese país gracias a los misioneros que llevaban ya un siglo intentando evangelizar a los japoneses.

La película puede contentar a los cristianos que se pueden recrear y sentir admiración ante la tremenda fuerza y determinación que una creencia puede aportar a quien se ha dejado seducir por ella. Pero así mismo, también saca a la luz el sinsentido y la inutilidad que supone cruzar medio mundo para intentar convencer a esas gentes que vivían tranquilos con sus creencias, de que su verdad no sirve, y que “la buena” es la que ellos les llevaban. ¿Qué hubiera sucedido en Europa en aquella época si hubieran venido hordas de budistas (que es la doctrina que relata la película que se seguía en Japón por aquel entonces) a intentar convencer a sus gentes de que el cristianismo no era la religión verdadera y que tenían que abrazar el budismo? Sospecho que hubieran corrido una suerte parecida a la que sufrieron los cristianos por allí. Los japoneses eran finos a la hora de “administrar” torturas, pero nuestra inquisición debía tener mención “cum laude”...

Y un servidor, cansado de ver todos los días cómo la religión (sin particularizar) cuando es abrazada por integristas ha sido y sigue siendo la mayor peste que ha azotado a la humanidad, salí de ver esta película con sentimientos enfrentados. Mi desprecio hacia todo lo que huela a integrismo religioso no lo puedo evitar, me puede. Pero por otra parte, la admiración que he sentido estos días por las monjitas del Hogar del Santo Angel, es total. Esta orden religiosa tiene como misión en la vida cuidar ancianos, con todo lo que ello conlleva. No tienen horarios, da igual la hora del día y de la noche, ahí están pendientes de todo lo que pueda suceder, y siempre amables y sonrientes; las vacaciones son ridículas (15 días cada cuatro años), y todo eso siguiendo las estrictas normas a las que obliga el pertenecer a esta orden. Repito, admirable.

Al final el asunto es simple, y no tiene por que haber contradicciones. Que cada cual se coma sus creencias en su casa, y que no vaya a otros lugares a llevarles “su verdad” (ya es bastante con la “evangelización” que tienen que sufrir los hijos sin que estos puedan impedirlo). Y si a estas personas tan devotas les mueve un maravilloso sentimiento de ayudar a los demás desinteresadamente, pues oye, fantástico, el mayor de mis aplausos. La mejor forma de ayudar a alguien, es hacerlo con lo que realmente necesita que le ayuden, no con lo que uno cree que necesita. Los japoneses no necesitaban el cristianismo. Ni tampoco lo necesitaban los indios de América, ni los “negritos” de África...

 

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