Opiniones

José Luis Pueyo

Se me ha levantado el parquet

Todos los años sucede lo mismo. A los pocos días de comenzar el curso escolar, ya voy viendo que un buen número de los alumnos de 1º de grado medio (de 16 años hacia arriba) no van a pasar de curso y tarde o temprano desaparecerán del sistema educativo. Las estadísticas muestran que más de la mitad de los alumnos no comenzarán 2º. Juro que, como buen profesional que me considero, lo he intentado todo durante los últimos años para evitar que eso suceda, pero curso tras curso, todos los intentos han sido infructuosos. El problema mayor de todo esto es que los alumnos que van a caer por el camino, como no tienen ningún interés en lo que están haciendo y nuestros intentos por despertar su interés fracasan uno tras otro, se pasan la mañana jugando y haciendo el mamón, por lo que el resto de compañeros tiene que sufrirlo hasta que empezamos con las amonestaciones, expulsiones, etc.

Así que un servidor, conocedor de esta lamentable realidad, uso una nueva táctica que me está dando magníficos resultados. Tras unas primeras semanas “de cortesía” para ver cómo está el patio, comienzo a impartir la parte más compleja de mi asignatura de informática: programación en Linux. Realmente en el currículo de la asignatura no expresa que deba llegar tan lejos, pero yo lo hago, sé que es bueno para ellos. Hacer programas informáticos es algo bastante complicado así de entrada, pero es de una creatividad tremenda. Obliga a tu cerebro a trabajar a unos regímenes de vueltas altísimos (usando terminología automovilística, muy propia de nuestra comarca). Hay que escarbar en los conceptos de matemática básica, usar la lógica, poner mucha imaginación, y dejar que la creatividad empiece a aflorar. Cuando te metes en ello, si tu mente viene de serie con la configuración genética de “los de ciencias”, resulta fascinante. Y eso es lo que les sucede a los alumnos que realmente tienen el interés por aprender latente. Les supone un reto, se emocionan cuando van superando los escollos que les voy poniendo, y de repente empiezan a pedir más y más caña, retos más duros. Yo me emociono también viendo eso, lo reconozco. Y los alumnos que van a cubrir la estadística de los abandonos, huyen despaboridos de mi clase y se queda el aula como una balsa de aceite. Aceite calentito, eso sí, porque la emoción por aprender se palpa en el ambiente.

Así que yo recomiendo a mis colegas de profesión que estén dando a niveles no obligatorios, que filtren desde el principio. El que la mitad se van a quedar por el camino, es la crónica de una muerte anunciada, así que lo más inteligente es catalizar el proceso. Los alumnos que se queden, lo agradecerán.

Pero en todo este asunto a mí me queda una duda. ¿Qué sucede con todos esos alumnos que desaparecen del sistema educativo y que se han quedado con un triste certificado de la ESO para entrar en el mundo laboral sólo con esos escasos conocimientos? Pues no estoy seguro. Imagino que alguno de ellos madurará algún día e intentará recuperar el tiempo perdido de alguna manera. Pero supongo que una gran mayoría serán los que terminarán siendo mano de obra barata (en los tiempos que corren llamémosles esclavos) y nos los encontraremos haciendo todo tipo de trabajos manuales que “supuestamente” no requieran carga intelectual. Y así los veremos entrar por nuestros hogares (sin saber nosotros que ese trabajador es uno de esos adolescentes descarriados), y nos arreglarán las tuberías, nos levantarán un tabique, o nos cambiarán el parquet. Y un día, el parquet se levantará, y sorprendidos e indignados nos preguntaremos ¿pero quién diablos puso este parquet? Sí, pues... espera a ver lo que te pasará con las tuberías, ya verás, ya...


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