
Prohibido amar
Que se tenga que dar la circunstancia de que haya una mayoría de izquierdas en un parlamento para que se garanticen los más elementales principios democráticos es inaudito. Si eso además ocurre en Francia, es cuando ya no se entiende nada. Pero lo más sangrante es que además las calles se hayan poblado de individuos que han reclamado a voz en grito que se les impida a sus conciudadanos amar a quien su corazón les pida.
Intentar relegar a la clandestinidad al colectivo homosexual en un país occidental que además ha estado desde de hace más de dos siglos en la vanguardia de Europa en el ejercicio de la libertad y la democracia, produce escalofríos. Los individuos de derechas (normalmente también religiosos) se han auto-erigido en garantes de la moral en el mundo y pretenden que la vida de cada individuo no se salga de los raíles que ellos consideran los correctos.
Se apoyan incluso en algo tan absurdo como es decir que “lo natural” es que las uniones entre seres humanos solo pueden ser heterosexuales. Precisamente la característica principal de los seres humanos que nos diferencia del resto de las especies, es que nos saltamos el “orden natural” constantemente. Para lo bueno, y para lo malo. Para lo malo porque por ejemplo despreciamos a la naturaleza y de aquí a muy poco tiempo habremos destruido el planeta. Y para lo bueno, porque saltarnos el orden natural es lo que permite que todos los seres tengamos la oportunidad de disfrutar de la vida. Las personas con discapacidades, enfermedades, inferioridad física, etc, perecerían de inmediato si dejáramos que la naturaleza fuera dictando su ley de la supervivencia del más fuerte. El nazismo, curiosamente, es una ideología muy “natural”, busca la supremacía de la raza “elegida” y la eliminación de los individuos que les estorban. Y sí, vemos que la derecha se cree con el derecho a diseñar el mundo según su obtusa visión, y si consiguen subir al poder, obligar a que todos pasen por su aro. Ellos se sienten tan iluminados que intentan imponer cómo pueden y deben amarse las personas.
Desde esta humilde tribuna, les envío mi más profundo desprecio. Y proclamo en voz alta: ¡que todo ser humano pueda amar a los otros seres humanos de la manera que le dicte su corazón!
