Opiniones

José Luis Pueyo

Cucurbitáceas y solanáceas

Rubén se ha ido. Su noble alma se ha unido con la Pachamama para siempre. Ni los dioses ni la vida entienden de justicia. La hora final va llegando a unos y a otros de manera azarosa independientemente de lo buenas o malas personas que hayamos sido durante la vida. Hay malas hierbas que parece que nunca van a morir y hermosas flores que incomprensiblemente son arrancadas de esta vida cuando todavía tenían un montón de belleza que regalar al mundo. Rubén pertenecía a este segundo grupo.

Lo conocí por primera vez en aquella época no tan lejana en medio de esa lucha romántica contra “el sistema”, reivindicando que los ejércitos eran una lacra para la humanidad, y que el mundo sería más hermoso si todos aprendiéramos a vivir en paz los unos con los otros. De aquellos momentos que pasamos juntos me vienen recuerdos de su voz afable, su ilusión por cambiar el mundo y de la total ausencia de maldad en su persona. Luego, con el paso del tiempo, siempre era una grata sorpresa encontrarme con él cuando por fin aparecía por el pueblo después de sus apasionantes viajes. Rubén ha estado en lugares increíbles y ha conocido a gente fascinante. La mayoría de nosotros nunca tendremos la oportunidad de vivir las experiencias tan intensas que el supo buscar y encontrar.

Las últimas veces que tuve contacto con él, fue a raíz de haberle prestado mi huerto para que lo cuidara junto con su compañera, ya que yo no podía atenderlo y estaba totalmente abandonado. Recuerdo una agradable tarde en la que me contaba con entusiasmo y con todo detalle por qué prefería plantar cucurbitáceas en lugar de solanáceas. Yo sonreía atónito ante sus explicaciones en las que me hablaba de la íntima relación de la energía de las plantas y la del universo. Sus detalladas explicaciones debo admitir que por momentos se me antojaban incomprensibles, pero su pasión me resultaba agradablemente entrañable.

Pero mira qué cosas, de ahora en adelante sus singulares enseñanzas van a ser un regalo que me hizo para que nunca me olvide de él. Cada vez que salga a mi huerto y me disponga a plantar alguna solanácea o alguna cucurbitácea, miraré al sol, sonreiré, y pensaré en él. Hasta siempre, Rubén.

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