
La vida orgánica
Igual que los McDonalds nos invadieron sin remedio, todo este asunto de los alimentos “orgánicos” creo que también es cosa de los norteamericanos. Hace ya un par de décadas que pisé por primera vez estos territorios y ya recuerdo haberme encontrado con un mundo alimenticio que para nada se parecía al que estaba acostumbrado en mi querida España. Desde la tremenda impresión que me produjo encontrar en los supermercados aceite de oliva en “spray”, pasando por las estanterías llenas de complementos vitamínicos y alimenticios, hasta los extrañísimos nombres que aparecían en las etiquetas de muchos “alimentos” y que ahora nos son tan familiares.
20 años después, mi experiencia reciente por los EEUU y ahora en Canadá, me permite comprobar que todo lo que tiene que ver con lo “orgánico” se ha convertido en una nueva cultura. Parece que hay dos tipos de personas, los que se atiborran sin ningún sonrojo del menú McNífico de turno y que compran cualquier cosa que encuentran en una estantería sin preocuparse lo más mínimo por sus ingredientes y las posibles consecuencias para su salud, y los “supermegaconscientes” que sólo compran productos que tengan la etiqueta “Organic”.
A ver, simpatía por los primeros tengo bien poca, pero la verdad, todo este mundillo de lo “orgánico”, me patina. Estos días de paseo por Canadá tengo la oportunidad de ir comparando a qué sabe por ejemplo un tomate orgánico y otro que ha sido producido sin que le puedan poner esa etiqueta. Y oye, la verdad es que los tomates no-orgánicos son realmente desustanciados, llamarles tomates es un mero ejercicio lingüístico, porque si no fuera por el nombre, a ojos cerrados no sabrías qué diablos te estás comiendo. Pero los orgánicos, esos fantásticos tomates que cuestan más del doble, esos saben exactamente a lo mismo que los otros: a nada. Y lo de los tomates lo podemos hacer extensivo a casi cualquier tipo de vegetal, claro.
Así que la propaganda bien organizada ha conseguido hacernos creer que si queremos llevar una dieta saludable, no hay más remedio que comprar únicamente productos que tengan el pedigrí de orgánico (y pagar por ello, claro), o todos los que se llamen “bio...”, y por si acaso nos falta algún nutriente para ello tenemos centenares de complementos alimenticios que nos permitirán llegar a los 150 años, o más, sanísimos. Parafraseando aquella celebre escena final de “Bladerunner”, podría decir: En los supermercados norteamericanos he visto cosas que no podríais creer; pasillos en los que todas las estanterías de punta a punta eran complementos vitamínicos... Y lo terrible de todo esto, es que al igual que los McBasura, toda esta cultura orgánica está calando hondamente entre nosotros.
Canadá es un país muy bonito, la verdad, pero, ¡dioses!, todas las noches sueño con los tomates que ahora mismo están creciendo en mi huerto. Y los pimientos, y las berenjenas, y los pepinos, y los calabacines, y... ¡aaaagggghhh! ¡Quiero volver a probar la comida de verdad!
