Opiniones

José Luis Pueyo

Palmira

Era 13 de agosto del 2009, la noche caía sobre Palmira y una cálida luz arrancaba aún más esplendor si cabe a esas ruinas que mostraban la grandeza de los seres humanos cuando están dispuestos a trabajar para buscar la belleza. Yo no sabía los nombres de todos aquellos magníficos restos, y a decir verdad tampoco tenía el más mínimo interés en conocerlos. Me limitaba a observar fascinado todo el conjunto sin reparar en ningún lugar en concreto. No tenía ni idea que allá al fondo se escondía el templo de Bel. Y lo que no se me hubiera podido pasar por la cabeza en ningún instante, es que un día una panda de tarados llegaría a destruirlo.

O sí debería haberlo sospechado. La ingenuidad es demasiado atractiva y me gusta abrazarla, pero la realidad que nos ha pisoteado siempre habla por si misma. Ayer mismo estuve viendo un clásico, Matrix, y en una de las escenas, el agente Smith (uno de los que representan a las máquinas) le dice a Morfeo, uno de los humanos rebeldes: "Los seres humanos son una enfermedad, un cáncer sobre este planeta. Ustedes son la plaga.”

Y supongo que no hay nada que hacer, que cualquier esfuerzo por intentar erradicar esas células cancerígenas será inútil. Si un, digamos, “milagro” consiguiese borrar de la faz de la tierra al Estado Islámico, tarde o temprano alguna célula maligna agazapada en cualquier rincón del planeta comenzaría a reproducirse en una nueva forma de cáncer y estaríamos en la misma situación. Ya nos lo explicaba un amigo psicoanalista con el que nos reuníamos hace un tiempo: “en los grupos humanos siempre te encuentras todos los roles representados por variados individuos. Si eliminas del grupo alguno de los roles, otros individuos pasarán a adoptar ese rol. Si quitas la “mierda” del grupo, otros se apresurarán a ser “mierda”.

Nada, no hay esperanza. Quizás dentro de otros 2000 años los humanos evolucionen hasta ser precisamente eso, seres humanos. Pero lamentablemente ninguno de nosotros lo veremos.

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