Un tarado agarra un fusil una apacible mañana de verano y perpetra una masacre incomprensible. Luego nos cuentan que era un fundamentalista cristiano que odiaba a muerte a los fundamentalistas islámicos, y que por ello no le quedaba más remedio que matar a unos jóvenes socialistas… ¿Cómo? Y todos nos preguntamos atónitos cómo ha podido suceder algo así.
Pero a mi no me parece tan complicado de entender. Que en el mundo habitamos personajes de todo pelo, incluidos descerebrados paranoides, es evidente. El problema surge cuando los que nos creemos “cuerdos” nos dedicamos a sembrar la semilla del odio en nuestro entorno. Y no nos tenemos que ir a Noruega; sin salir de casa lo podemos ver todos los días. Los mensajes que nuestros políticos nos lanzan cada día están siempre cargados de ojeriza, de tirria, de animadversión hacia “el otro”. Se genera un ambiente en el que hay un poso permanente de mala leche. Los que nos situamos en posiciones digamos moderadas, simplemente nos vamos bebiendo cada día esa mala leche que nos provoca un desagradable ardor de estómago, pero nos apañamos con un Alka-Seltzer. Pero eso cala mucho más hondo en los individuos a los que su compleja naturaleza les hace situarse en posiciones ideológicas extremas. Lo suyo ya no es un ardor, es un rencor que se hace irreprimible y que al final puede crear aterradores monstruos como ese universitario noruego de rostro afable y corazón de hielo.
Se siembra demasiado odio todos los días, y lo que haría falta es, como decía Silvio Rodríguez, sembrar más amor.
