Opiniones

José Luis Pueyo. Morir de joven

Mi hermano Vicente ha muerto a los 59 años. Decir de él que ha muerto de joven quizá parezca un exceso, pero es justo lo que el sentía, que la vida tenía color de primavera y que todavía quedaba muchísimo por disfrutar. Pero está claro que ninguno podemos prever lo que sucederá en el próximo minuto. Mi hermano estaba hablando por teléfono con una amiga, riéndose y haciendo bromas, y le estaba contando ilusionado sus próximos planes. De pronto unos extraños ronquidos y un minuto después todo había acabado para él.

Resulta absurdo morir cuando todavía sientes la ardiente necesidad de vivir. Sería hermoso que todos pudiéramos morir cuando sintiéramos que la vida ya había sido suficientemente generosa con nosotros, y se recibiese a la muerte como quien cierra los ojos placenteramente al irse a dormir buscando reposo tras un largo camino recorrido, con la única diferencia de que ya no te despertarás a la mañana siguiente. Recuerdo a mi padre (que tuvo la misma muerte que ahora su hijo pero él con 89 años) que me decía alguna vez serenamente, cuando ya tenía más de 85 años, que sentía que ya había vivido bastante, y que la muerte ya no le daba miedo. Aún así, seguía manteniendo viva la ilusión al despertarse cada día, y nunca dejó de leer, de escribir, de pintar, y de hacer todo lo que le gustaba y las fuerzas y la salud le permitían afrontar. Mi padre, a sus 89 años, murió de joven.

Pero la vida es caprichosa y azarosa y cada cual llevamos un boleto con incierta suerte. En nuestro pueblo tenemos suficientes ejemplos, terribles y dolorosísimos ejemplos, de cómo esta lotería de la muerte no parece estar guiada por ninguna mano bondadosa. Muertes a destiempo, muertes absurdas, muertes inaceptables, muertes que en toda lógica no deberían haber sucedido. Pero sucedieron, porque el azar no entiende de lógica. Y si no fuese el azar si no una desconocida mano la que guía todo este teatro, entonces esa mano está jugando con todos nosotros un macabro juego.

Así que lo más sensato es que recurramos al tópico y nos esforcemos en vivir cada día como si fuera el último, sea cual sea nuestra edad, de manera que cuando nos pille la muerte, los que se quedan puedan decir de nosotros que morimos de jóvenes. Como murió mi querido hermano, que a sus 59 años estaba viviendo una etapa de su vida en la que se sentía como un adolescente, su ilusión por vivir no le tenía nada que envidiar a la de un veinteañero y su corazón palpitaba emocionado como nunca lo había hecho antes. Quizá fue eso lo que acabó con él, tenía mucho amor para dar y tanta urgencia para entregarlo que su corazón no pudo soportarlo, y estalló. Pero al menos, murió feliz.

 

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